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domingo, 20 de mayo de 2012

LA TORRE DE HIELO



-         Si, amigo mio. Soy yo. Aunque no puedo decirte durante cuanto tiempo. La mordedura del Khan-Shitan  transforma mi cuerpo. Pronto seré como el guardián de la torre.


El semblante de Klarag se había vuelto pálido. Su amigo Snogall tenía rasgada media cara y tras la piel asomaba un ojo de águila rodeado de escamas plumosas. Tras ellos, tambores Mamrios, ocultos en la jungla, resonaban en la noche de Ronga, iluminada por sus cuatro lunas como el latir de un corazón gigantesco. Pronto los dos soles de Tau-Ceti emergerían uno tras otro del horizonte despertando a los árboles pensantes. Si no alcanzaban el páramo, estaban perdidos.

 La expedición había sido un desastre desde el principio. La nave se había estrellado al tomar tierra, cuando el suelo fundido desapareció bajo sus pies. Una maldita burbuja, pensó Klarag. Hubieran debido aterrizar en la jungla y no sobre el  glaciar. Los retrocohetes derritieron el hielo y bajo la  capa de nieve solamente quedó el vacío de una cueva interminable. Una sima que los engulló a todos.

Ronga siempre había mostrado un elevado vulcanismo. Mientras el frió del espacio mantenía helada la superficie del planeta, en su interior se generaba un sistema hídrico subglacial de caudalosos ríos fluyendo bajo el permafrost. Inmensas cúpulas y cuevas esculpidas en el hielo por el constante fluir de la lava habían forjado bajo la corteza helada, un mundo hueco, al que sustentaba un bosque de gruesas columnas de hielo azul.  Su lejanía a los soles lo había catalogado durante muchos años como planeta rocoso helado, lejos de la zona habitable del sistema solar. Pero la órbita era muy elíptica y en ocasiones, cuando los soles se alineaban, el planeta se acercaba tanto a Tau-Ceti que los glaciares se derretían formando inmensos lagos en la superficie. Los nativos Mamrios conocían esos lagos superiores como el mar volador, donde según las leyendas habitaba una estirpe de navegantes. Durante la época de deshielo, el agua del mar volador caía a las profundidades del planeta en interminables cascadas. El magma evaporaba el agua y el vapor era expulsado a través de gigantescas fumarolas. Bajo el manto de neblina, la luz de los soles se descomponía en arco iris. Un mundo realmente hermoso. Pero letal para los humanos.

Los Mamrios, servidores de la criatura conocida como Khan-Shitan, habitaban en las cuevas subterráneas del planeta. Eran un pueblo primitivo. Atraídos por el estruendo de la colisión, les rescataron y cuidaron. Parecían amistosos, pero finalmente solo buscaban nuevas víctimas para alimentar al Khan. La tripulación pereció devorada. Solo Klarag consiguió escabullirse, escapando a través de las grietas azules del glaciar y siguiendo el curso torrencial del agua deshelada, que formaba un laberinto de cuevas bajo la costra de hielo. Ahora se alegraba de ver nuevamente a su amigo Snogall, aunque fuera bajo aquella apariencia siniestra.

Klarag miró a su amigo. Le pareció que todo su cuerpo crecía por momentos. Los párpados se habían caído dejando al descubierto dos grandes ojos verdes llameantes. Snogall parecía sumido en una enorme lucha interna a consecuencia de la personalidad del extraño ser que lo consumía, que comenzaba a dominarlo poco a poco. Klarag decidió hablarle:

-         Snogall. Amigo. Tenemos que salir de aquí.

Snogall miró hacia el horizonte. El primer sol comenzaba a despuntar por encima de las paredes del gran cenote de varios kilómetros de diámetro con paredes de hielo donde se encontraban. El suelo tembló levemente. La luz  del día en Ronga despertaba a los árboles pensantes, reunidos alrededor de un lago de cuyo centro brotaba una columna de vapor. Pronto el aire se ionizaría y comenzarían las auroras de los árboles, con su sueño lumínico alimentado por la luz de los dos soles. Los poderosos pensa-vientos atravesarían los valles e impactarían contra ellos privándolos de la razón y sumergiéndolos en un mundo alucinatorio en donde lo real y lo imaginario resultaban ser la misma cosa. Todo vestigio de raciocino humano era borrado. La razón se perdía y los infortunados seres que osaban adentrarse en el dominio de los árboles  viajaban sin rumbo por los bosques hasta resultar devorados por las criaturas salvajes que allí habitaban. Solo en el caso de alcanzar la noche, podrían despertar del sueño de los árboles, quizás con la razón perdida para siempre. Debían de huir al páramo, en donde sin duda los Mamrios les andarían buscando.

-         De acuerdo, Klarag. Haré lo posible para ayudarte.

Los Mamrios no tardaron en aparecer. Surgieron de los restos de un antiguo volcán extinguido por una gigantesca estalactita de hielo que, como un colmillo volador, había caído del cielo clavándose en la entraña de la caldera. Era su lugar más sagrado, la torre del hielo, el templo del Khan. Snogall alzó la vista y la horda se detuvo. Los ojos del humano brillaban ahora como los de su amo el Khan. La mordedura de la criatura era mortal para los Mamrios. Tan solo los humanos sufrían las transformaciones. Por ello todos agacharon la cabeza apartando la mirada de aquellos ojos llameantes.

Ambos echaron a andar cruzando a través de la multitud. Los Mamrios temían a Snogall y se apartaban ante su avance, mientras éste  apretaba el paso abriéndose paso, pero Klarag  tenía dificultades en seguirle. Los nativos levantaban las manos sobre sus cabeza, propinándole continuos palmetazos en la nuca. A medida que avanzaban, el ascenso hacia la ciudad sobre la que se alzaba la gran torre de hielo resultaba más pronunciado. Klarag sintió que le abandonaban las fuerzas. De pronto, su amigo gruñó con voz ronca.

-         ¡Rápido! ¡Me voy....!  ¡Agárrate a mi cuello!

Klarag obedeció sin pensárselo dos veces. El cuello de Snogall había comenzado a ensancharse, llenándose de nuevos músculos. Su cuerpo tomó el aspecto de un enorme león mientras la mandíbula se afilaba y expandía, llenándose de dientes. El dolor de la transformación le hizo gritar. Su garganta emitió un potente rugido que hizo huir a la multitud gritando:

-         “!Ayeeeeeeh, Kzz Tzitann!!

-         ¡Khan Shitan! –pensó Klarag al tiempo que Snogall se abalanzaba en una veloz carrera persiguiendo a la aterrorizada multitud, huyendo en estampida hacia la boca de la gruta.


Pero la huida de los nativos conducía hacia una trampa. A la entrada de la cueva aguardaba un grupo de guerreros Mamrios fuertemente armados, apostados en el techo y paredes de la cueva colgando como murciélagos de sus extremidades inferiores. Una lluvia de lanzas y flechas partió hacia los fugitivos en todas direcciones, impactando algunas en el lomo de la criatura que era ahora Snogall. Bajo el cerco de los guerreros, buscaron refugio en la zona más oscura, oculta a todas las miradas por una neblina.  Allí se quebró la espalda de Snogall y  brotaron dos inmensas alas. Los ecos de su poderoso rugido reverberaron en las paredes de la cueva estremeciendo a los Mamrios el tiempo suficiente como para poder escapar en un rápido vuelo de aquella trampa de hielo.

En el exterior de la cueva, impulsados por el amanecer del primer sol, los árboles pensantes habían despertado y un torbellino de pensa-vientos multicolor se adueñaba del páramo. Al fondo, la cascada celestial caía desde el mar volador hasta el lago. Siguiendo su curso, ascenderían hasta el mundo superior y buscarían la ayuda de los navegantes, pero Snogall estaba herido. Perdía fuerzas mientras el remolino de pensa-vientos se acercaba....

Las cinco de la mañana. El despertador entona su monótona melodía. Es hora de levantarse. La ducha está fría. El mono de trabajo aún no está seco y el desayuno apenas se desliza a través del gaznate. El autobús se retrasa y el jefe me recibe con una mirada de desprecio. Los animales esperan en sus jaulas.. Cuando llego a la jaula del león, el gran macho se me acerca, hasta quedar tras los barrotes a un palmo de mi rostro. Ambos nos miramos a los ojos. “- Hola, amigo. Sé que eres tú. No te he olvidado. Esta noche ambos  conseguiremos escapar de ésta pesadilla.”

sábado, 10 de marzo de 2012

FIDELIO


PORCIA.- Te pertenece una libra de carne de ese mercader: la ley te la da y el tribunal te la adjudica.
SHYLOCK.- ¡Rectísimo juez!
PORCIA.- Y podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

"El mercader de Venecia", de William Shakespeare



Conocí al músico de Ipanema en  Rio de Janeiro, ciudad maravillosa a la que acudí por vacaciones un mes de febrero. El músico, sentado sobre una toalla junto al paseo marítimo en la Avenida Delfín Moreira, entre la familiar  Leblón  y la tumultuosa playa  de Ipanema, rodeado de niños, tocaba la guitarra cadenciosamente, mientras susurraba al son de los arpegios una triste canción, dedicada a un amigo perdido, de nombre Fidelio.

No muy lejos de allí, en la loma de una colina, entre Pedro Dos Irmaos y el Morro de Cochrane, se extiende una vasta extensión de humildes casas. Un enjambre humano y caótico de viviendas descolgadas en el irregular trazado de la ladera del morro, con paredes de ladrillo visto, en ocasiones pintadas de vivos colores o apenas enfoscadas, techadas con cobertizos planos de chapa ondulada, levantándose como garitas en medio de árboles centenarios, vestigios de la selva amazónica y engalanadas de ropa tendida al sol sobre ventanas y azoteas. El lugar se conoce como Favela Rocinha. Bajo sus estrechas calles, cubiertas por un bosque de cables eléctricos que viajan entre los edificios sin orden ni concierto, una multitud de 50.000 personas pulula bulliciosa y alegre, afrontando cada día la vida con una sonrisa.

 En ese lugar, en medio del paraíso olvidado, vivía Fidelio, un joven mulato  sin familia de apenas trece años. Casi había olvidado el día en que sus padres fueron asesinados por el Carter. Las reglas son sencillas. Quien no las cumple, acaba muriendo. Durante un tiempo fue cuidado  por su hermana Patrizia, apenas tres años mayor que él. Un buen día, Patrizia desapareció y Fidelio no volvió a saber nada más de ella. Desde entonces, Fabio y Edu, amigos del barrio, fueron su única familia.

Fidelio Vivía en el ático de una casa, bajo un techado de cartones junto a un depósito azul de agua en la parte alta de la colina. Desde el lugar  podía divisarse el Corcovado y el refulgente mar carioca. Unas chanclas, unos vaqueros despernados y una vieja camiseta eran todo su patrimonio. El depósito de agua y las lluvias amazónicas los mantenían razonablemente limpios.

Fidelio nunca estudió. La única escuela que conoció fue la de Samba académicos de Rocinha, en donde él y sus amigos solían colarse a visitar al músico de la guitarra. La calle fue su escuela, la fuente de la que bebió toda su sabiduría. Desde que cumplió los nueve años, ganaba el sustento como correo de los narcos o como limpiabotas en el paseo marítimo. Cuando Fabio y Edu le acompañaban, aguardaba su oportunidad frente a la puerta de los servicios públicos de la playa en la zona de los hoteles y se cruzaba con los clientes, dejando caer el cepillo de lustre junto a ellos. El educado caballero, compadecido del pobre muchacho que sin darse cuenta había perdido en su deambular el cepillo, lo recogía del suelo y llamaba al despistado crío. No había vuelta atrás. Fidelio agarraba el cepillo de la mano del turista y una décima de segundo más tarde se encontraba esparciendo el betún sobre el zapato del sorprendido individuo. A los pocos segundos, llegaba el momento de la cuenta. O quizás debería decir el sablazo, porque tras el breve lapso que el muchacho tardó en limpiar los zapatos, extendía su mano y solicitaba un importe de mil reales (Al cambio, unos cuatrocientos euros aproximadamente).  Entonces el amable caballero, sorprendido por el elevado precio del servicio solía sonreír diciendo: “Te has equivocado, muchacho. Serán mil céntimos y aún así, me parecería excesivo”. A continuación, Fabio y Edu aparecían en escena, acusando al ingenuo turista de estafar al limpiabotas mientras Fidelio fingía llorar. Normalmente, la escena se solventaba cuando el individuo, avergonzado por aquella escena de escándalo, les entregaba  una suma variable que solía ser como mínimo cuatro euros, o si la ocasión resultaba propicia, la mitad de lo que la víctima llevase encima, lo cual raramente llegaba a sobrepasar los veinte euros, aunque todo ello dependía de la cercanía de la patrulla de policía, sobradamente conocedora de los pillos locales.

Aquel día el sol brillaba con fuerza y la mañana prometía. El individuo que acababa de entrar en los servicios tenía que estar forrado de pasta. Un gringo que calzaba unos hermosos zapatos italianos de diseño de más de mil reales, traje oscuro hecho a la medida, gemelos plateados en los puños de la camisa, gafas de sol de gama alta, un gran reloj Rolex  Day-date con montura de platino y anillo de oro en el dedo índice engarzado con un enorme brillante. Sin duda, un buen negocio para cubrir el día.

Tal y como acostumbraba, Fidelio se escondió tras un contenedor de basura apostado en un lado del acceso hasta que el hombre salió de los retretes. Después, pasó frente a él, a unos pocos pasos y disimuladamente dejó caer al suelo el cepillo de lustre. No había caminado aún diez pasos cuando escuchó la voz del gringo llamándole. Fidelio dio la vuelta, llegó hasta la altura del extraño, recogió el cepillo de su mano y en un rápido movimiento, se sentó en el suelo abrillantando los zapatos con esmero sin que el gringo se inmutara lo más mínimo.

Al terminar el trabajo, Fidelio se levantó del suelo y extendió la mano  hacia el forastero, diciendo: “-Son mil reales, señor”. El gringo sonrió socarronamente y preguntó: “-¿Cómo te llamas, muchacho? “. “- Fidelio”, respondió mientras el hombre le agarraba la cabeza y con los dedos separaba los párpados examinando sus pupilas.

El gringo introdujo su mano en el interior de la chaqueta extrayendo una abultada cartera de cuero llena de billetes. Con gran habilidad reunió la suma convenida y la expuso frente a los ojos del muchacho. Fidelio no podía creerlo. Una fortuna se hallaba a su alcance ante sus ojos. Lo suficiente como para dejar de preocuparse quizás para siempre por la pobreza en la que vivía,  pero ¿dónde estaban Fabio y Edu?. ¿Por qué no habían aparecido?.

-         ¿Lo quieres? – exclamó el gringo.
-         Claro, señor – dijo riendo Fidelio
-         Piénsatelo. Un trato es un trato. ¿No quieres reconsiderar el precio de tu servicio?. ¿No prefieres discutir su precio?
-         No hay nada que pensar, señor. – respondió Fidelio esta vez con semblante serio. -Yo ya hice mi trabajo y mil reales es su precio. Una vez hecho el trabajo es tarde para discutirlo.
-         Sea pues, -dijo el hombre con semblante serio mientras entregaba a Fidelio la suma exigida ocultando la mirada tras el brillo de sus gafas oscuras.

Tan pronto como Fidelio tuvo la suma en sus manos echó a correr cuesta arriba, en dirección a la fabela. Al cabo de dos minutos, Fabio y Edu le alcanzaron corriendo:

- ¿Qué has hecho, Fidelio?. – dijo Fabio mientras corría junto a él. - ¿No sabes quién era ese tipo?.
- ¡No lo sé! – gritó Fidelio sin parar de correr – Pero me ha pagado los mil reales.
-         ¡ Le llaman el Señor Muerte! – exclamó Edu jadeante. – Yo que tú desaparecería una temporada. Deberías ir a ver a Edgar para que te esconda.
-         - ¡¡Nosotros no te hemos visto!! – gritó Fabio antes de alejarse junto con Edu al doblar la esquina.

Edgar era uno de los gerentes  locales del negocio de distribución de droga en la zona de Rocinha. Apenas tenía diecisiete años, pero en aquel negocio se comenzaba joven. Heredó el negocio de su antecesor, otro joven criado en las calles y misteriosamente desaparecido. Principalmente trabajaba la cocaína, porque era lo que más le gustaba. Regentaba el negocio en un antiguo surtidor de gasolina abandonado y cuando los chicos lo habían necesitado, Edgar les había dado dinero a cambio de hacer de mula para él. El lugar quedaba a una cierta distancia, por lo que Fidelio tuvo que recorrer un largo camino cuesta arriba hasta llegar a la oficina de Edgar y para colmo, las lluvias amazónicas hicieron acto de presencia, por lo que llegó empapado.

Al llegar al surtidor, observó un elegante Jaguar negro parado frente al expendedor de gasolina  roto y oxidado. Probablemente Edgar estaría ocupado con alguno de sus jefes, los que proveían  al negocio la mercancía. Nunca se habían dejado ver por allí, pero todos sabían que existían. De modo que Fidelio entró con cuidado en el establecimiento abandonado. El lugar permanecía silencioso, apenas alterado por el tintineo de la acusadora campanilla de la puerta, que todavía permanecía en funcionamiento cumpliendo su servicio.

-         ¿Edgar.....?

Pero Edgar no podía oírle. Yacía en el suelo con la garganta degollada en medio de un inmenso charco de sangre que llenaba toda la habitación. El chapoteo de la sangre hizo a  Fidelio mirar al suelo. Se encontraba de pié en medio de aquel charco.

La puerta de la gasolinera se cerró bruscamente, dando un portazo. Junto a ella, se encontraban dos hombres armados. Fidelio retrocedió instintivamente hasta toparse con un hombre que le agarró por los hombros. No hizo falta que Fidelio se volviese para reconocerle. Bastaba con ver sobre su dedo índice aquel anillo de oro engarzando al enorme diamante.

Los hombres de la puerta se acercaron al muchacho y le agarraron de los brazos. Levantaron su cuerpo en vilo y lo sentaron sobre la desordenada mesa de Edgar, previamente limpiada con el rápido barrido de la culata de un fusil. Uno de ellos permaneció tras la mesa, agarrando de los brazos a Fidelio mientras el segundo hombre esparcía por el fondo de la habitación un bidón de gasolina.

El Señor Muerte miró a Fidelio. Tomó un cubo y una esponja abandonados en un rincón de la gasolinera, que en otro tiempo sirvieron para limpiar el parabrisas de los coches y sin decir palabra se acercó al muchacho, se agachó frente a él y comenzó a limpiar con la esponja la sangre  de Edgar que al entrar en la habitación Fidelio había pisado y  que ahora teñía pies y pantorrillas de rojas salpicaduras. El muchacho sollozaba:

-         Perdóneme. No sabía quien era usted. Le devolveré su dinero. Haré lo que quiera...

El gringo continuó impertérrito, hasta que todas las manchas de sangre de los piés de Fidelio desaparecieron. Alzó la cabeza. El ruido de las aspas de un helicóptero fue aumentando en intensidad. El sicario de la gasolina había encendido el fuego. Solo entonces, con las llamas del incendio reflejadas en sus oscuras gafas, el Señor Muerte rompió su silencio.

-         Bueno, muchacho. He limpiado tus pies. Ahora te diré cuál es mi precio....

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Jhonny abrió los ojos en el hospital, encontrando junto a la cama a sus padres, que le sujetaban de las manos con rostro sonriente. Los primeros rayos de sol de la mañana se filtraron a  través de la ventana junto con el bullicio del despertar de Nueva York. La operación había sido un éxito. Después de incontables esfuerzos, un corazón había llegado. Jhonny podía vivir.

Las semanas transcurrieron y el pequeño Jhonny se recuperaba rápidamente. Sus células eran aún jóvenes y el donante había resultado compatible. De modo que el médico le dio el alta. Los Anderson montaron en su coche con el pequeño muchacho sanando con rapidez. Al llegar a Brookling tuvieron que detener su marcha. Una comparsa, con música y tambores, ocupaba la calle. Era época de carnaval.

De pronto, Jhonny se puso pálido y se llevó la mano al pecho. El torax le latía con fuerza, como si su nuevo corazón quisiese escaparse. Los Anderson dieron la vuelta y regresaron al hospital a toda velocidad, accediendo al mismo por Urgencias. Cuando llegaron, el médico de guardia lo examinó con su fonendoscopio ante la mirada atenta y preocupada de sus padres, diagnosticando que se trataba de una anomalía.

Pues ¿Cómo diablos les iba a decir a los Anderson que el corazón de su hijo estaba latiendo a ritmo de samba?.


LA ESTATUA DEL TEMPLO



Estoy sentado en este pedestal, del que no puedo escapar. La gente viene a adorarme. Me cubren de flores y rezan. Encienden fuegos y velas perfumadas mientras hablan frente mi rostro impasible. Puedo oírles, aunque mis labios están sellados e inmóviles, prisioneros del frío mármol que alberga mi ser. Una vez fui un hombre, antes de que la mirada de Medusa transformara en estatua mi cuerpo de guerrero. Ahora soy solo una sombra. Un inmortal carente de vida testigo de las penas de los hombres. Ellos me cuentan sus problemas, piden por su salud o la de sus seres queridos, como si yo pudiera, merced a una magia antigua, apaciguar los dolores que sufren sus cuerpos y  almas. ¡Qué ilusos!.

No se puede escapar del cielo. Yo lo sé mejor que nadie. Por mucho que corra o intente esconderme, los astros me acaban encontrando. Solo en las noches de eclipse consigue el destino burlar la maldición de la Gorgona y otorgarme por unas horas el don de la vida. Así he conocido a los griegos, que vieron en mí a un corredor olímpico, romanos, Hititas, egipcios, Persas y  cientos de pueblos de la tierra. Incluso quise escribir mis desgracias en un pergamino que el contacto con mi piel se convirtió en piedra cuando la luna impuso en el cielo su presencia. En esta ocasión había aguardado mi destino sentado sobre la hierba mientras contemplaba el cielo.

Hoy me han traído un cesto de fruta. Parece que la pequeña hija del gobernador ha sanado de sus fiebres. Sin duda será un buen festín para los monjes del templo. En otro tiempo me regocijaba contemplar el pueblo postrándose a mis pies en busca de favores, pero sus penas son a veces demasiado intensas y su dolor demasiado profundo, incluso para un frío corazón como el mío.


Siento la lluvia cayendo sobre mi rostro de piedra. El agua me golpea en la frente y anega mis ojos para después fluir hacia el océano surcando en un pequeño torrente mis mejillas.  He visto hacerlo a los hombres muchas veces. Lo llaman llorar. Es bonito.

sábado, 3 de marzo de 2012

1.- MORADA DE DEMONIOS - PRISIONERO DE MI MISMO

Tumbado en el jergón de mi celda, con la luz de la prisión desvanecida, percibo, a través de los reflejos del muro de cristal que me aísla del largo corredor, el lento deambular del vigilante, en ocasiones detenido frente a la puerta de una celda, observando a sus moradores como si contemplase un cuadro en una exposición. Entonces viene a mi mente aquello que una vez imaginó un filósofo griego sobre la percepción de la vida desde el fondo de una cueva. Sombras en la pared que solo alcanzamos a interpretar.

Hace frío. El aliento se condensa al  salir de mi boca mientras arropo mi cuerpo con la manta de lana, gris y mugrienta como las paredes de la cueva del filósofo. En todo caso, la cueva de la que hablaba aquel griego se hallaba habitada. Podemos ver la cueva, porque está hecha de carne, pero no a sus habitantes que, como los guardianes de la prisión, aguardan en un zaguán oscuro, oculto en las profundidades de la cueva, su turno de ronda para saborear las delicias de la percepción y gobernar durante un instante sobre actos  y palabras, si su destino es en algún momento el gobierno de la carne que los cobija. En el caso de mi persona, si existe algún “yo” inmutable en mí, éste sería la cueva, la casa, el castillo, el hogar, la morada. Una morada habitada por demonios.

¿Quién soy yo?, se preguntarán algunos. Hoy me llamo Tomás Gomez. Mañana puedo ser cualquiera. Y a pesar de estar internado en esta institución mental, que se asemeja a una prisión más que a ninguna otra cosa conocida, no me considero un loco. Estoy aquí por culpa de un incidente del que no albergo memoria alguna. De cualquier forma, mi involuntaria estancia como huesped de éste establecimiento me ha revelado que desde donde mi memoria alcanza, he aprendido a ser carcelero de mi mismo. A encerrar a cada demonio en su celda y escuchar sus gritos desde los corredores más profundos sin permitir que sus gritos alteren jamás mi conducta. Realmente, algo muy parecido a lo que acontece aquí cada día.

 Pero todo ello cambió de repente, en una noche de luna llena, cuando las puertas de la prisión se abrieron y escaparon todos mis demonios.

viernes, 2 de marzo de 2012

2.- MORADA DE DEMONIOS - EL OTOÑO


Las campanas de la iglesia del pueblo tañeron aquella mañana de un modo especial. Un tañido cadencioso, apagado y herrumbroso, emitido desde la torre de la iglesia, emergiendo fantasmagórica sobre el mar de espesa niebla que cubría el resto de las casas de la población. Don Alejandro De la torre, montado sobre una yegua andaluza blanca, escuchó en aquel  día de temprano Octubre  ese tañido peculiar desde la cima del monte que coronaba el pequeño pueblo, reconociendo su mensaje. El otoño había llegado y con él, la vendimia.

 Tras el largo y soleado verano, los pámpanos de las vides se habían vuelto ocres, trasladando su vigor a las uvas, que habían empezado ya a pintar y como todos los años, había llegado el momento de nombrar un viñadero que desde aquel día se encargaría de vigilar los viñedos, prohibiendo la entrada a las viñas tanto a personas como a animales.

 La elección del viñadero resultaba en aquel paraje potestad del cura, por ser el único autorizado a transmutar el vino en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Es por ello que el campanero, acostumbrado al oficio de mensajería de maitines, bautizos, defunciones y otros eventos, obsequiaba a los parroquianos aquella mañana con el cántico de las viejas campanas llamando a comicios. A la postre, daba igual quién se presentaba como candidato, pues finalmente, la última palabra la tenía el cura.

Años atrás, ningún viñadero hubiera osado prohibir a Don Alejandro la entrada a sus propias tierras, pero debido a su constante y pertináz ausencia a los servicios religiosos y a su carácter poco diplomático,  el párroco no profesaba a  Don Alejandro demasiado afecto y una vez nombrado el viñadero, éste no tendría oportunidad de visitar sus propios viñedos hasta el momento mismo de la vendimia sin que por ello mediara una trifulca,  pues éstos  se encontraban en los lindes del viñedo comunal. De modo que el hombre azuzó la montura y sin demasiada prisa se encaminó hacia sus tierras para efectuar un último examen a las uvas.

Al rodear la colina, Alejandro se encontró con Hidalgo, el pastor, que se encontraba moliendo a palos a el abuelo Zacarías. El pobre abuelo había perdido la razón hacía ya muchos años, cuando su nieto, el actual Marqués de los Vados era aún un crío. Solía deambular por aquellos parajes medio desnudo, cubierto de harapos y resultaba un problema para todos los ganaderos de la región. A menudo se deslizaba por las noches en el interior de los gallineros de la comarca para sacrificar unas cuantas gallinas cuya sangre succionaba de la yugular de los animales para infortunio de sus criadores. Pese a ello, pocos osaban reclamar al marqués compensaciones  por los daños sufridos, debido al peculiar carácter de éste en lo relativo a asuntos económicos, y se contentaban con aprovechar al animal para un guiso en la cazuela, debido a que el abuelo Zacarías no consumía la carne de sus presas.

En esta ocasión, Zacarías se había excedido. Había degollado a una oveja vieja, que se encontraba postrada junto a ambos,  despatarrada como un alfombrón de lana. Desde luego, el abuelo se merecía en esta ocasión un buén castigo, y el pastor Hidalgo ayudado de su perro, que le mordía ferozmente la entrepierna,  le estaba dando una buena tunda.


Los viñedos de Don Alejandro se encontraban en las laderas de una montaña, en lo más alto de los viñedos comunales, dispuestos en bancales. El suelo que sustentaba las vides estaba formado sustancialmente de grava, extraida de las vastas cuevas que horadaban la montaña de piedra caliza sobre la que se erguía el castillo del marqués. La tierra que lo formaba – si es que merecía tal calificativo – resultaba tan pobre que difícilmente tendría otra utilidad que no fuera el cultivo de la vid. Los bancales, dispuestos a modo de terrazas sobre la empinada ladera, disponían las vides en hileras, soportadas sobre espalderas  paralelas a los bordes de gruesa piedra que formaba los muros de contención de cada terraza, buscando siempre el sol de la mañana. Debido a la inclinación del terreno, apenas se disponía de dos hileras de vides por terraza, lo que dificultaba su acceso a vehículos y obligaba a un mayor despliegue de medios humanos para efectuar las labores del campo.

Don Alejandro ató su montura al tronco de un viejo árbol y se encaminó a pié ascendiendo pesadamente hacia su cultivo. Al llegar a las terrazas, paseó sobre ellas examinando el estado de los racimos. El resultado le hizo sonreir con satisfacción.  La  uva tempranillo  se encontraba próxima a su  punto de maduración, momento en el que adquiriría los grados exactos de azúcar y acidez necesarios para la elaboración de unos excelentes caldos.

 La boca de las primeras cuevas, en donde antaño los habitantes del lugar almacenaran el vino en barricas, se encontraba próxima. Ahora pertenecía por entero al marqués, señor del antiguo castillo que imperaba sobre la llanura. Alejandro no pudo reprimir un suspiro de tristeza. Había trabajado para el marqués durante mucho tiempo, suministrándole y fabricándole en su antiguo taller de calderería, fundado por su padre, una infinidad de artilugios necesarios para la elaboración del vino. Depósitos de acero inoxidable, prensas estrujadoras, despalilladoras y un sinfín de equipamientos e instalaciones necesarios para la elaboración industrial del vino.  Los caldos del marqués eran los más afamados de aquellas tierras y Alejandro pasó gran parte de su juventud satisfaciendo sus mínimos deseos. Pero el marqués siempre había sido un hombre ingrato y tacaño por naturaleza. Un mal pagador que finalmente consiguió arruinar por completo la industria que su padre había fundado. Aún así, le hizo un gran favor a Alejandro, pues una vez finiquitado el negocio familiar, pudo dedicarse por completo a la pasión que durante muchos años había ardido en su corazón: La elaboración del vino.

Don Alejandro era un hombre grueso y bonachón. Excelente persona. Tan amable en su trato que en ocasiones le había resultado harto imposible mantener la disciplina entre aquellos que en alguna ocasión habían trabajado para él. Pese a ello, debido al rebosante entusiasmo que había albergado en todas sus empresas durante su vida ya madura, resultaba explosivamente apasionado e iracundo en ocasiones. Ello le había llevado en el pasado a cosechar enemistades  profundas, que en ocasiones había lamentado. Pero el rasgo que quizás sobresalía de entre todos en su personalidad era su enorme ingenio. Valiéndose de él, había desarrollado nuevas técnicas en la elaboración de los vinos. Técnicas que  su antiguo amo, el marqués, no podía soñar en alcanzar. Ello le proporcionó con el paso del tiempo una gran fortuna. Sus vinos rivalizaban en calidad con los del marqués, superándolos en muchos aspectos,  aunque para ello tuvo que pagar el precio de la soledad, pues el marqués, molesto con Alejandro por haberle éste robado parte de sus secretos de elaboración mejor guardados, seguía siendo el amo de aquellos lugares y con su influencia consiguió apartarle casi por completo de la vida social de la comarca.

Mientras Alejandro consumía su tiempo en un tranquilo paseo entre las vides, vió salir de una de las grutas que horadaban la montaña a Pepe,  antiguo  oficial calderero de su taller. Durante muchos años había trabajado para su familia. Primero lo hizo para su padre y después para él. Hasta que perdió los dedos de la mano derecha en un desgraciado accidente a causa de un descuido con la plegadora. Ahora trabajaba como arromador en la bodega del marqués, controlando la pesada de la uva además de ejercer otros oficios si lo que aún conservaba de su mano derecha se lo permitía.

-         Buenos días, don Alejandro.- gritó Pepe a pesar de la poca distancia que les separaba. - ¿Qué le trae por aquí?.

-         He venido a ver las viñas. Y a dar un paseo.

-         Ahh. Bien. ¿Cómo se encuentra su hija?.- gritó nuevamente el arromador,  cuyo oído, después de muchos años trabajando en la calderería,  no era demasiado bueno.

-         Sigue igual – respondió Alejandro con tristeza. Aunque Clara no tenía vínculo de sangre con Alejandro ni con su mujer, ella era su hija más querida. Había sido abandonada a su puerta hace ya veinte años, cuando todavía trabajaba para el marqués y él la había acogido, vestido, alimentado y amado como si de su propia sangre se tratase. Ahora se encontraba en coma profundo en un hospital de la capital, a consecuencia de un fuerte trauma generado presumiblemente por una brutal violación a la que el pasado verano fue sometida. Desde entonces, Alejandro   no había tenido valor suficiente para ir a visitarla al hospital, pues la vista de su joven hija postrada en el lecho y sin ningún signo de vida le provocaba abundantes lágrimas.

-         Ya sabe que le aprecio, don Alejandro.- dijo Pepe esbozando una sonrisa en la que exhibió su deteriorada dentadura.- Usted siempre se portó bien conmigo. Pero ya sabe que al patrón no le gusta verle por aquí.

El arromador giró la cabeza y miró hacia la cima del monte en donde se alzaba el castillo del marqués. Se sentía visiblemente inquieto, como si alguien estuviera espiándoles desde sus murallas.

-         No te preocupes, Pepe. No me quedaré mucho por aquí.

Pepe se despidió con un sordo gruñido y desapareció en las fauces de la cueva como un oso malhumorado, dejando a Alejandro continuar con su paseo. Una vez inspeccionada meticulosamente cada planta, éste descendió de la ladera del monte y se alejó del lugar cabalgando sobre la yegua en dirección a su finca.

Mientras cabalgaba, no cesó de acordarse de su querida esposa. María, fallecida años atrás, le había sumido con su ausencia en la soledad más profunda. Alejandro nunca tuvo hijos. Solo Clara había mitigado con su compañía el profundo desamparo que sentía tras la desaparición de su esposa. Ahora, privado también de su hija por las atrocidades de un psicópata, se sentía vacío.

La finca de Don Alejandro se encontraba a varios kilómetros del pueblo. Para llegar hasta ella había que atravesar por un polvoriento camino de tierra y cruzar un arco blanco de adobe encalado. En esa antigua propiedad, adquirida hace años a un terrateniente de la zona con los dineros obtenidos en la liquidación del taller, Alejandro tenía su casa, su bodega, unas caballerizas e incluso un cementerio con su propia ermita, en cuyas catacumbas había instalado un laboratorio en el que pasaba la mayor parte del tiempo dedicado a experimentos secretos destinados a la elaboración del vino. Nadie, salvo él, entraba allí.

Al llegar a la finca, le esperaba Ambrosio, su capataz. Alejandro descendió de su montura y entregó la yegua al capataz.

-         Las uvas están listas, Ambrosio. Es hora de formar una cuadrilla.

El capataz asintió. Tomó las riendas de la yegua y la llevó a los establos. Después cargó algo de equipaje en un viejo coche todo terreno y salió de la finca rumbo a la capital. Don Alejandro lo vio  partir desde la amplia ventana de su salón. Sabía que tardaría en regresar, pues desde hacía años, a raíz de las presiones del marqués, ningún habitante del pueblo osaba trabajar en su viñedo temiendo  posibles represalias.

Cuando la nube de polvo que levantaba el vehículo desapareció de su vista, Alejandro se sintió solo nuevamente. Recordó a su hija, tendida en el hospital y le poseyó una inmensa rabia hacia su violador. Sabía que había sido capturado. Un muchacho de la edad de su hija, perturbado hasta el extremo de cometer tal atrocidad. Hubiera deseado matarle con sus propias manos. Arrancarle a mordiscos sus entrañas. Despedazarle sin piedad como a un animal inmundo, pero al menos sentía el consuelo de saberle a buen recaudo. Mientras trataba de desechar tales pensamientos, se sirvió una copa de un viejo brandy que guardaba bajo llave. Cansado del paseo se sentó en el sofá, cerró los ojos y acercó la copa a sus labios bebiendo un sorbo.



jueves, 1 de marzo de 2012

3.- MORADA DE DEMONIOS – EN EL CASTILLO


El marqués de los Llanos observó desde la torre el cauto descenso de Don Alejandro a través de los viñedos hasta alcanzar su yegua blanca. Como todos los días, empleaba aquellas horas de la mañana en limpiar y pulir con esmero los delicados prismas verdes de cristal que pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales. Para ello, empleaba una gamuza nueva cada día que frotaba contra las caras de los cristales hasta hacerlas relucir como esmeraldas. Después la gamuza era desechada, cosa inusual en una persona de talante avaro como el marqués.

La torre del castillo tenía doce almenas, y en cada hueco, armadas sobre unos soportes de bronce oxidado, como cañones de luz apuntando en todas direcciones, relucían once de aquellas misteriosas piedras verdes. Tenían el tamaño del brazo de un hombre y la forma de un prisma hexagonal, con las caras de los extremos perfectamente paralelas entre sí.  Faltaba una. Había desaparecido el mismo día que el marqués se había negado a pagar a Alejandro un depósito de acero inoxidable en el que habían aparecido manchas de óxido, a consecuencia de una insuficiente eliminación del decapante. El marqués siempre había sospechado que fue Alejandro quien lo sustrajo, despechado por el impago del depósito, pero nunca había tenido ocasión de comprobarlo.

Al terminar de limpiar el prisma de cristal que daba al  río, el marqués se agachó y miró a través de uno de los extremos del cristal. Las huestes del moro Almanzor seguían acampadas en la orilla del río, sitiando la fortaleza. El campamento era un hervidero de gentes venidas de uno y otro lado en un completo caos, portando armas y víveres para el asedio. Las cabalgaduras se apretaban entre sí, portando cada jinete un estandarte en la punta de su lanza, como si el día fuera festivo y se aprestaran para una celebración. El marqués suspiró profundamente y extrajo el cristal de su soporte de bronce, sustituyéndolo por uno próximo, de idéntico tamaño. Nuevamente, se agachó a mirar. La bella Dorotea se bañaba ahora desnuda en las aguas de un río inusualmente limpio.

-         ¡Andrés!. ¿Ya estamos otra vez fisgoneando a las doncellas? – exclamó una voz femenina a sus espaldas.

-         ¡No, querida! Respondió el marqués turbado dándose la vuelta y descubriendo en el portón de la torre a su esposa Amelia. – Estaba observando al ejercito de Almanzor. Aún sigue acampado junto al río. Creo que se acerca el día del Santo.

-         No sé por qué tienes ese empeño en fisgar en el pasado – dijo Amelia mirándo a su esposo con escepticismo.- Si al menos pudieras ver el futuro con esos inútiles cristales, al menos podría entender que te pasaras las horas muertas en este lugar sin otra cosa mejor que hacer. Vamos. Ven conmigo. Tenemos visita.

La marquesa se dio la vuelta y desapareció por el portón. Andrés, sintiéndose incomprendido por su afán de estudio sobre la historia, siguió a la mujer rezongando mientras descendía la interminable escalera de caracol de la torre.

Al llegar al salón del castillo, se encontraron con dos hombres esperándoles. Uno de ellos era el joven párroco Don Carmelo. La marquesa le saludó efusivamente, reclinándose a besarle la mano como si del propio Papa se tratase. El sacerdote, sintiéndose turbado, protestó tímidamente instando a la marquesa a levantarse. El marqués se limitó a estrechar su mano.

El hombre que acompañaba al párroco esperaba pacientemente junto a la puerta a que el párroco le presentase, momento que hubo de postergarse merced a la locuacidad de Doña Amelia con el joven párroco. Era un hombre de poca estatura y edad madura, correctamente vestido, que les miraba indiferente a través de sus lentes y que en su mano derecha sujetaba un maletín. Tras un breve carraspeo del desconocido, el párroco interrumpió a la marquesa y se dirigió hacia éste.

-         El caballero que me acompaña es Don Herminio. Viene de la capital.

-         Encantado, Herminio – dijo Amelia estrechándole la mano.- Es un placer que nos visite.

-         A sus pies, señora – dijo el desconocido cortésmente.

-         Y díganos, señor – dijo el marqués mientras le estrechaba sonriente la mano al invitado. ¿A qué debemos el honor de su visita?

-         Me envía la Agencia Tributaria.

-         ¿La agencia tributaria? – balbuceó el marqués mientras sostenía horrorizado la mirada a aquel hombrecillo que a través de sus gruesas lentes le observaba palidecer y perder la sonrisa. -  ¿ Qué quiere Hacienda de mí?.

-         Verá, señor – dijo el inspector sentándose en uno de los sillones del salón sin esperar a ser invitado y abriendo su maletín sobre la mesa – se trata de sus declaraciones de Hacienda y Patrimonio de los últimos cinco años. He venido a efectuar unas simples comprobaciones.

-         ¡Como guste! – suspiró Andrés resignado mientras se sentaba en el sillón contiguo a su invitado. – Pero antes de nada, debo decirle que personalmente no entiendo demasiado de asuntos económicos. Y quizás fuera más oportuno concertar una cita en la Delegación, en donde podría asistir con mi abogado y con los documentos que fueran necesarios.

La marquesa y el cura se sentaron junto a ellos en el sofá, sin parecer mostrar demasiado interés por los asuntos mundanos. Amelia cuchicheaba al oído del párroco frases que parecían escandalizarle.

-         Quizás más tarde sea necesario efectuar una citación – prosiguió Herminio – Pero de momento, desearía que me explicase cómo es posible que no declare Vd. Tener ingresos viviendo en una casa como ésta.

-         Esta es la morada de mis antepasados - respondió el marqués con un educado tono de indignación.-  Toda mi familia ha vivido aquí desde hace siglos. No necesito pagar renta alguna por vivir aquí. Me pertenece por derecho. Por nacimiento. Además, pertenece al abuelo.

-         ¿Y vive su abuelo con Vds?.

-         Naturalmente. Nosotros cuidamos de él. Realmente, no está en sus cabales. ¿Sabe Vd?. Cosas de la edad.

-         Pues no me consta que ningún contribuyente haya declarado nunca por este inmueble ni por los ingresos obtenidos con el negocio del vino que, según tengo entendido, Vd regenta – dijo el inspector hojeando los papeles que guardaba en su cartera.

-         Todo pertenece al abuelo – respondió Andrés alzando los brazos. – Pero como el hombre ya no tiene ni edad ni cabeza para llevar ningún tipo de negocio, nosotros lo hacemos por él desinteresadamente.

-         Ya veo – sonrió Herminio – Llevan sus negocios pero no hacen por él la declaración.

-         ¿Cómo podríamos? – respondió irónico el marqués – La declaración de hacienda es algo personal. Como la confesión .- Perdón, Padre.

-         Quisiera ver a su abuelo

-         ¡Ah no!-  Interrumpió la marquesa gesticulando con los brazos. – El abuelo no recibe visitas. No le gustan.

Herminio centró sus gafas y adoptó una expresión seria.

-         Su abuelo, suponiendo que aún esté vivo, debe tener la friolera de ciento veinte años, según la documentación de la que dispongo. De modo que, si no compruebo físicamente su existencia durante mi visita, he de obrar con lógica y pensar que una persona de su edad no puede seguir viva, lo que les convierte a Vds. En defraudadores de primer nivel ante la Administración Tributaria. En cualquier caso, no quiero seguir insistiendo. - Dijo mientras recogía sus papeles y cerraba la cartera .- Sus bienes seran embargados y sometidos a subasta pública.

-         ¡Espere un momento, por favor! – suplicó el marqués visíblemente nervioso. - ¡Ahora mismo viene!.

Andrés se levantó del sillón y cogió junto a la chimenea un mazo en cuyo extremo había una bola cubierta de tela. Con ella, comenzó a aporrear frenéticamente, una y otra vez, un gong de gran tamaño que colgaba de la pared al tiempo que gritaba un nombre.

-         ¡Pepeee!

Tras un largo rato de ensordecedor ruido, unas sonoras pisadas se escucharon en el pasillo. Instantes después, apareció Pepe,  el calderero que una vez trabajó para Don Alejandro.

-         ¿Llamaba, patrón?

-         Trae al abuelo – dijo el marqués.

Pepe se quedó mirándo, como si no entendiera la orden, por lo que el marqués se puso a gesticular.

-         Es que es algo sordo, ¿Sabe Vd.? – dijo sonriente la marquesa a Herminio.

Al cabo de un rato, el calderero pareció entender la orden, y tras un “Lo que usted diga, Patrón”, se encaminó hacia los sótanos del castillo. Mientras esperaban, la marquesa se dedicó a conversar con el cura. Le recordó que se acercaba el día del santo patrón de la comarca, y era costumbre efectuar una ofrenda., pero la ermita del santo se encontraba fuera del pueblo, en la finca de Don Alejandro  y este hacía ya años que no permitía visitas en su propiedad. Andrés no podía concentrarse en otra cosa que no fuera la inspección a la que se veía sometido, pero comprendió que Amelia había ideado una astucia para conocer mediante el párroco los secretos que Alejandro guardaba en el mausoleo.

Mientras conversaban, un sonido de cadenas y engranajes, similar al ruido efectuado por un puente levadizo, llegó desde el sótano hasta ellos. Herminio y el cura se miraron sorprendidos, pero la marquesa les tranquilizó diciéndoles que en aquella antigua morada eran normales todo tipo de ruidos extraños.

Al rato, reapareció Pepe acompañado de un anciano cubierto de harapos. El hombre, de facciones simiescas, conservaba todo su pelo, incluso unas largas patillas que le llegaban al mentón. Iba totalmente desaseado, y una fina pelusa cubría su rostro y se extendía tras su cuello, ceñido por una argolla y una pesada cadena que le mantenía encorvado. Pepe sujetaba con disimulo el extremo de la cadena mientras miraba silbando al tendido.

-         ¿Pero qué aberración es ésta? - gritó el cura indignado - ¡Suelte a ese hombre inmediatamente!.

-         Es por su propio bien – susurró la marquesa. – Para que no se haga daño.

El marqués ordenó a Pepe mediante un gesto que soltara al anciano. Este obedeció y se retiró hasta la puerta. El inspector se acercó al anciano y tras mirarle detenidamente, le entregó una nota.

-         Por la presente, se le cita en la Oficina de Recaudación número cinco el próximo Jueves para dar cuenta de sus responsabilidades tributarias. Deberá aportar el Documento Nacional de Identidad, Fé de Vida y ....

El anciano cogió la nota y tras olisquearla se la llevó a la boca. La masticó pausadamente, exhibiendo una arruinada dentadura, para después escupirla a los piés de Herminio.

-         ¡Pero ¿Cómo se atreve?! – masculló el inspector. No tuvo tiempo de decir nada más. El anciano, esgrimiendo una agilidad y reflejos asombrosos, se lanzó de un salto a su yugular clavándole los dientes.

Andrés y Pepe corrieron a separar al abuelo del cuello de Herminio, Les costó bastante trabajo conseguirlo, y finalmente Herminio quedó tendido en el suelo en medio de un charco de sangre mientras con la mano trataba de frenar la hemorragia.

-         Ya le dije que el abuelo estaba un poco ido – dijo Andrés con una risita nerviosa. – Abuelo. Eres un cachondo. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?.

Pepe volvió a colocar la cadena en el grillete de la argolla que rodeaba el cuello del anciano y desapareció arrastrándolo escaleras abajo. Mientras Amelia iba en busca de un botiquín, Carmelo ayudó a levantarse a Herminio, que apenas podía hablar. El marqués le preguntó cómo se encontraba. Había perdido bastante sangre y si la lesión era grave, habría que llamar a una ambulancia. Herminio le tranquilizó. Prefería abandonar el lugar en el vehículo del párroco y visitar la clínica, para que allí le inyectasen la antirrábica, la antitetánica y lo que fuera necesario.  Se tapó la herida con un pañuelo el tiempo necesario para que Amelia regresara con vendas y desinfectante, con los que improvisó una cura de urgencia. Una vez terminada la cura, se marchó apresuradamente en compañía de Don Carmelo, no sin antes gesticular un “Tendrán noticias mías”. 

Andrés y Amelia despidieron a Don Carmelo desde el rellano de la escalera del palacio. Cuando el coche se alejó, Amelia se volvió hacia el marqués:

-         ¿Qué hacemos Ahora?

-         No te preocupes, querida. Únicamente hemos de llamar al abogado para que envíe un escrito a la Delegación de Hacienda. Un hombre de 120 años no tiene la salud como para andar atendiendo a citaciones de ningún tipo.

-         ¿Y no sería mejor declarar al abuelo incapacitado y ser nosotros los administradores de sus bienes?

-         No.

-         ¿Y para cuándo vas a hacer la transmutación?

El semblante del marqués se ensombreció de repente

-         Para cuando encuentre alguien capaz de cargar con la maldición. Además, te recuerdo que para efectuar la transmutación, hemos de contar con los doce cristales. Y nos sigue faltando uno

-         Ese traidor de Alejandro....  Espero que el cura tenga en cuenta mis palabras y podamos hacer una visita a lo que sea se esconda en esa ermita.

miércoles, 29 de febrero de 2012

3.5.- MORADA DE DEMONIOS - LA EXTRAÑA FUGA

  
Las sirenas de la prisión aullaron al amanecer anunciando una fuga. Faltaba un preso. Se había esfumado literalmente de su celda, dejando en su huida, apilada en el suelo, toda la ropa que vestía. Un corrillo de vigilantes, apostados frente la puerta de la jaula vacía, murmuraba en voz baja aguardando la llegada de la policía.

La detective Carmen  Botta, acompañada de su joven ayudante, el cabo Perez, o mas bién perseguida con cierta dificultad, avanzaba resueltamente  por el corredor ignorando el griterío de los presidiarios mientras dictaba a la carrera las primeras medidas a llevar a cabo para la captura del preso fugado.

-         Registrad los alrededores. Sin un vehículo no ha podido ir muy lejos. Y si no es así, alguien con buenos contactos en la prisión le ha ayudado en la fuga. Quiero una ficha del fulano. Su foto, sus huellas y su historial completo. Y comunícale al Alcaide que quiero interrogar a unos cuantos. ¿Es esta la celda?

-         Si señora – Respondió uno de los guardias.

-         ¿Sería tan amable de abrir la puerta...? – ordenó la detective.

-         Amador. Abre la 403. Cambio, –  dijo uno de los guardias a través del Walkie negro que llevaba asido a la cintura. Tras unos segundos, se escuchó un zumbido y la puerta de la celda se abrió pesadamente.

-         Interesante – murmuró Botta. ¿No hay posibilidad de abrir la puerta de otro modo?

-         No, señora. Solo es posible su apertura desde el Control.

-         ¿Y estas ropas?.

-         Es el traje de interno del fugado

-          Incluyendo ropa interior, por lo que veo –dijo la detective mientras se agachaba para examinar el montón de ropa.  Y, tras registrar los bolsillos y  esparcer cada prenda por las cuatro esquinas de la habitación, se levantó y se asomó a la ventana.

El muro del módulo hospitalario era un auténtico bullicio. Los internos, enterados de la fuga, golpeaban los barrotes de la ventana, gritaban histéricos  y arrojaban objetos al patio exterior, cercado por un alto muro y coronado con alambre de espino.

-         ¿No pensará alguno que es posible escapar a través de la ventana, verdad?

-         Como no sea a cachos.. respondió el policía del Walkie

-         Ustedes. Muevan la cama, por favor... Y el retrete. No. Está claro que tuvo que salir por esta puerta. Y por tanto, ha de haber un cómplice. Alguien que, además de abrirle las puertas, le ha suministrado ropa. Calzoncillos nuevos incluso...

-         Será para despistar a los perros  - dijo el  ayudante. Carmen lo miró con expresión de incredulidad.


-         O se ha escapao en pelotas - contestó un policía, en medio de una nube de risas reprimidas.

-         Menos guasa.- increpó la detective.- ¿Quién se encontraba de guardia aquella noche?

-         En los pasillos se encontraba Alberto, y en la cabina de control el celador Galindez.

-         Quisiera interrogarles de inmediato.

-         No creo que exista inconveniente. Ahora mismo se encuentran desayunando.  Pero el Sr. Alcaide la está esperando en su despacho desde que se anunció su llegada.

-         Está bien.- dijo Carmen suspirando.  – La cortesía es lo primero.


El alcaide se encontraba tras una mesa, hojeando distraídamente el historial del fugado. Al llegar la detective, se levantó cortésmente tendiendo la mano y sonriendo afablemente.

-         Buenos días, detective.
-         Buenos días, Alcaide. ¿Quería Vd. Verme?
-         Por supuesto, detective. Por favor, tome asiento.

El alcaide se sentó tras su mesa, y adoptando una aptitud seria comenzó a hablar:

-         Detective, créame que lamento los inconvenientes que hayamos podido causarle. Realmente, a pesar de que en este centro no existe el mismo nivel de seguridad que el existente en un centro penitenciario, son muy pocas las fugas que hasta la fecha hemos tenido. Pero como responsable de este centro, he de admitir la evidencia. La fuga se ha producido y en consecuencia, debemos revisar  a fondo la seguridad de nuestros sistemas.

-         ¿Puede Vd. Decirme si existe constancia de que, tras la cena, el interno fuera conducido a su celda? – preguntó  Carmen sin más preámbulos.

-          Después de la cena, todos los internos forman una fila y son conducidos por orden hasta sus habitaciones, en las que son depositados uno a uno. Como habrá podido observar, la apertura y cierre de la celda se efectúan desde el centro de control.

-         ¿Y cómo es posible entonces que el interno haya podido abrir la puerta y escapar durante la noche?

El alcaide se reclinó sobre el respaldo del butacón con gesto serio. Carraspeó y contestó a la detective:

-         Por supuesto, todo en esta vida tiene una explicación razonable. A mi modo de ver, debió de producirse sin lugar a dudas un fallo en el mecanismo de la cerradura. Ha ocurrido en alguna ocasión, y posiblemente, el interno se apercibió del fallo durante la noche, aprovechando la ocasión para darse a la fuga.

-         Es una posibilidad, sin duda. -murmuró Botta. - Pero ¿Cómo explica Vd. El cúmulo de ropas que se hallaron en la celda?

-         Admito que este hecho me ha intrigado durante un buen rato. Pero ha de entender Vd, que éste es un centro de baja vigilancia,  por lo que no sería difícil para cualquiera  agenciarse ropa desde el exterior de la prisión. Al parecer, nuestro fugado ha podido detectar desde hace días el fallo en el mecanismo de cierre de su puerta. O incluso, por qué no, ha encontrado un modo de forzar la cerradura.

Carmen asintió al escuchar las palabras del Alcaide. La ropa amontonada a toda prisa en el suelo de la celda sugería a todas luces una huida adecuadamente planificada. Resultaba evidente que, una vez en el exterior del centro, cualquier persona que se pasease  vestida con el uniforme de recluso no  podía albergar demasiadas esperanzas de éxito en una fuga.

-         Realmente, he de admitir que su razonamiento es muy lógico – dijo la detective. – Y no dudo que la hipótesis a la que Vd. Apunta es hasta ahora la más sólida que tenemos. No obstante, hemos de explorar también la posibilidad de que el recluso contara con la ayuda de alguien dentro del centro, por lo que, como es lógico, solicito su permiso para interrogar al personal.

-         Adelante – respondió el Alcaide exhibiendo nuevamente su sonrisa. – Tómese el tiempo que necesite.

-         Quisiera pedirle además una copia del historial del recluso fugado- solicitó la detective con frialdad.- . Puede sernos de utilidad para su captura.

-         Bueno. No quisiera que pensara que nos negamos a colaborar. –dijo el alcaide alzando los brazos en un gesto paternal.- Pero el trasvase de documentos debe hacerse según los cauces oficiales establecidos. No obstante, precisamente tengo aquí el historial. Sobre mi mesa. Si quiere Vd. Echarle un vistazo, yo no tengo el menor inconveniente..

El Alcaide volteó  sobre la mesa la carpeta que contenía el historial del fugado, pero la detective no se encontraba en aquel momento demasiado motivada para su lectura, por lo que decidió postergar su examen.

-         ¿Sería  mucho pedir que tuviera Vd. La amabilidad de ordenar a su secretario que me sacara unas fotocopias? – dijo la detective esgrimiendo su mejor sonrisa.

-         Como le he dicho, señorita, son documentos oficiales, - respondió el Alcaide. No obstante, sería suficiente recibir de Jefatura un simple fax solicitándolos. No existirá objeción ninguna, se lo prometo

-         Gracias por su ayuda.- Dijo Botta levantándose de su silla y tendiendo la mano al Alcaide. - Le mantendré informado.

-         Es un  placer tenerla aquí con nosotros – respondió el alcaide levantándose de su asiento.- Si desea algo más estaré en éste despacho.

Botta, siempre perseguida por su ayudante, abandonó el despacho del Alcaide y  mientras efectuaba con el teléfono móvil una llamada a Jefatura para solicitar oficialmente el expediente del fugado, dirigió sus pasos hacia el comedor del establecimiento. Con algo de suerte todavía podría encontrar allí a alguno de los vigilantes que la noche de la fuga estaban de guardia.

El comedor estaba dispuesto en un gran número de mesas perfectamente alineadas y  presididas por una barra de bar en la que servía un camarero. Botta pidió dos cafés y preguntó por Alberto o por Galindez.

El camarero señaló a una mesa en la que Galindez dormitaba con grandes ronquidos. Botta y su ayudante agarraron sus tazas y fueron a sentarse junto a él, sin que el Celador Galindez se apercibiera en lo más mínimo. Dormía tan profundamente, alterándose tan poco ante sus inmensos ronquidos que, aunque en aquél momento hubiera pasado por allí una manada de elefantes en estampida , no habrían sido capaces de  alterar su sueño lo más mínimo.

-         Si éste es el ojo avizor que vigila aquí, lo raro es que todavía queden inquilinos en el establecimiento – ironizó Botta .

-         ¿Quiere que lo despierte?.- respondió el cabo Perez.

Carmen hizo un gesto afirmativo. El policía comenzó a zarandear al celador hasta que éste recuperó la consciencia en un respingo.

-         ¡Qué ocurre!. ¿Quiénes son Vds.?

-         Perdone que le despertemos de este modo tan brusco, Sr. Galindez.  Soy la detective Carmen Botta y mi compañero es el cabo Perez.  Hemos sido informados de que Vd. Era el vigilante de guardia de la pasada noche y necesitamos hacerle algunas preguntas. Quizás nos pueda proporcionar alguna información sobre la fuga del recluso.

-         Escuchen. –  respondió el celador visiblemente molesto.-  Llevo toda la noche despierto y no puedo pensar con claridad. ¿Por qué no vuelven en otro momento?.

-         Lo siento, señor, pero ante una fuga es de vital importancia una actuación rápida para atrapar al fugado. ¿Puede decirnos si, durante su turno de guardia observó algo anormal?.

-         Nada en absoluto.- musitó Galíndez visiblemente adormilado.  La misma rutina que todas las noches.

-         ¿Puede explicar cómo es posible que no detectara al fugado a través de los monitores mientras se escabullía de la celda?


-         ¡Y yo qué sé! – masculló el celador. -Ocurriría en algún instante en el que no estaba prestando atención.  Ninguna persona es capaz de estar, noche tras noche, observando esos monitores sin acabar harto.

Carmen trató de imaginarse el inmenso aburrimiento que supondría para cualquiera estar toda la noche pendiente de unos monitores en los que no ocurría nada interesante. Intentó proseguir el interrogatorio, pero el celador no aportó nada nuevo. Finalmente, se quedó dormido, por lo que ambos apuraron sus cafés, ya fríos y preguntaron al camarero dónde podrían encontrar a Alberto, el vigilante que efectuaba la ronda por los pasillos. El camarero respondió que a estas horas se encontraría en su casa durmiendo. De modo que decidieron volver al despacho del Alcaide. Mientras caminaban hacia el despacho, el cabo Pérez preguntó a la detective:

-         Carmen. Supongo que te habrás fijado en la cicatriz en la sien de Galindez. Era reciente. Apuesto que se la produjo la pasada noche. ¿Por qué no le has preguntado cómo se la hizo?.

-         No lo he creido necesario, por el momento. Además, nos hubiera soltado  cualquier historia y no hubieramos tenido más remedio que confiar en su palabra.

-         ¿Y ahora, qué vamos a hacer?.

-         Buscar al fugado. Quizás su historial nos proporcione alguna pista a cerca de donde ha podido dirigirse.

Al llegar al despacho del Alcaide, preguntaron al secretario si ya habían recibido el fax de jefatura. El secretario asintió. El Alcaide había dado el visto bueno para la entrega de una copia del dossier a la detective, tal y como había prometido. La copia estaba lista y encuadernada. Tomaron la carpeta y se dirigieron a la salida del centro.

La detective abrió la carpeta y, entre los papeles, encontró una nota manuscrita:

Si quieren saber más sobre la fuga, pregunten por Carlos el Chamán


De inmediato, dio media vuelta y, nuevamente perseguida por el Cabo, se encaminó hacia el despacho del Alcaide.

El Alcaide la recibió esta vez sin levantarse de su butaca .

-         ¿Cómo van sus investigaciones, detective Carmen? – Preguntó de modo sonriente.

-         Verá, Alcaide. Quisiera agradecerle su colaboración y rapidez en la entrega del dossier del fugado. Necesito interrogar a un recluso.

-         No hay inconveniente. ¿De quién se trata?

-         Carlos el Chamán.

La expresión de sonrisa del Alcaide se desvaneció escuchar ese nombre.

-         ¿Para qué quiere Vd. Hablar con ese despojo humano?. Esa sabandija ha estado robándonos medicamentos todo este tiempo, para después venderlos en el mercado negro. Esta misma mañana he firmado su traslado a un centro penitenciario de alta seguridad.  Le puedo asegurar, detective, que cualquier cosa que semejante individuo pueda contarle, no será más que una sarta de mentiras.

-         Es posible – asintió Carmen.- Pero aún así, solicito su permiso para interrogarle.

-         Está bien. Pero no irá Vd. Sola. Ese tipo es peligroso. Le acompañarán dos de mis hombres.

Carlos se halla internado en los sótanos del hospital. Al descubrir los negocios fraudulentos de éste, el Alcaide había montado en cólera y ordenó su traslado a la zona más húmeda y lóbrega de todo el edificio. Botta y los hombres que la acompañaban cruzaron a través de los sótanos, en donde la iluminación resultaba insuficiente y las tuberías de la calefacción goteaban, colgando en ocasiones los envejecidos revestimientos del calorifugado en una mezcla confusa con las telarañas y la mugre que impregnaba el lugar.

Al llegar al fondo del edificio, encontraron una puerta metálica precintada con un candado de acero. Uno de los guardianes activó un interruptor eléctrico que permitía la iluminación de la celda. Después procedió con parsimonia a la apertura del candado y de la puerta.

El recluso, sentado en el fondo de la habitación sobre un sucio jergón de lana les dio la bienvenida. Parecía estar esperando la visita.

-         ¡ Vaya, señora detective! ¿Recibió Vd. Mi mensaje? – dijo Carlos mostrando su amarillenta dentadura, poblada de anchos dientes.

-         Ve al grano, Carlos.- respondió Carmen. - ¿Qué es lo que quieres?

-         ¿Querer? ¿Yo?. ¿No será Vd. La que quiere algo? – respondió Carlos sonriente, moviento las cejas de arriba abajo con expresión burlona.

-         Tu me llamaste.- dijo la detective visíblemente enfadada por haber sido obligada a acudir a aquel sucio antro.-  De modo que te agradecería que me explicaras por qué coño me has hecho bajar hasta aquí.

-         No se enoje, detective. No voy a estar aquí por mucho más tiempo –dijo Carlos señalando a las paredes en donde un buen numero de cajones se encontraban apilados. – Todo gracias al amigo Galindez. Ese cabrón de celador me la ha jugado. El hijoputa ha querido asegurarse de que no suelto prenda y me ha firmado un pasaporte al presidio. De modo que aquí me tiene. Haciendo el equipaje.

-         Ya veo, Carlos. –dijo Botta mientras se acercaba a husmear el contenido de las cajas. – Una auténtica lástima. Pero ¿Qué querías contarme?

-         No tan deprisa, detective. ¿No quiere sentarse – dijo Carlos señalando una esquina del sucio jergón donde descansaba mientras la lanzaba miradas lascivas. Botta lo miró con repugnancia.

-         No gracias, el seguro no me cubre las enfermedades venéreas. Prefiero seguir de pié.

-         Como desee, agente. La he hecho llamar porque tengo para Vd. Una valiosa información que comunicarla con relación al interno fugado hace algunos días. Pero, como puede suponer, nada es gratis en este mundo. Ya sabe, yo la ayudo a Vd. Y Vd. Me ayuda a mí.

-         Mira, Carlos. Si quieres hacer algún trato, yo no soy la persona adecuada. Solo estoy a cargo de esta investigación. Personalmente, tu situación personal me importa una mierda y no estoy en posición de concederte ningún tipo de beneficio, sea penitenciario o de otra índole. De modo que, si quieres hablar, te escucho. Y si prefieres estar calladito,  símplemente  daré media vuelta y me marcharé por donde he venido. ¿ Queda claro?.

-         Sus zapatos...

-         ¿qué pasa con mis zapatos?

-         Démelos.  Los quiero...

-         ¿Estás loco? - Dijo Botta mientras veía cómo Carlos se daba la vuelta y se recostaba sobre el jergón en posición fetal, aislándose del mundo. Resultaba evidente que el recluso no estaba dispuesto a colaborar en absoluto a menos que ella accediera a llevarle la corriente. - Bueno, supongo que sí lo estás, si no no se te ocurrirían estas cosas. Haremos un trato. Si me gusta tu historia, te daré una prenda...

-         Sus zapatos.

-         ¿Quieres contar la historia de una maldita vez?.. ¡Está bien! ¡Ya veo que es inútil. Vámonos!

-         ¡Espere, por favor!. ¡No se vaya! –exclamó el interno incorporándose brúscamente y arrojándose a los pies de la detective.

-         ¡Suéltame el pié! ¡Maldita sea! – dijo Botta propinando al recluso un punterazo en la boca. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de los labios de Carlos. Este, sonriendo a la detective, comenzó a hablar.

-         Vd. Ya había sospechado del celador. ¿Verdad?.  Es la única persona que desde su puesto de mando puede abrir una celda. Lo que no se imagina es lo solitario que puede llegar a ser estar toda una noche sentado delante de una pantalla de televisión en la que no ocurre nada.

-         Me hago una idea. Respondió Botta limpiándose el zapato con una esquina del colchón mugriento.-  Hace muchos años que por eso mismo no veo la tele.

-         Supongo que tampoco conocía la debilidad que el celador tiene por los jovencitos.. Las noches se vuelven mucho más cortas si uno cuenta con una complaciente compañía. No sé si me entiende Vd...

-         Lo que entiendo con claridad es que estás cabreado con el celador por haberte denunciado al  Alcaide y buscas vengarte como sea. – Dijo Botta mientras caminaba en círculos ante la puerta. Su impaciencia iba en aumento. – Si me has hecho venir para esto, entonces te has equivocado de medio a medio.

-          ¿Venganza? .- Exclamó Carlos con los ojos iluminados - ¿O quizás justicia?. ¿Qué pensará Vd. Si le digo que, hasta esta misma noche Galindez era mi socio?. La verdad es que tener un socio como ese tipo le reporta a uno muchas ventajas dentro de esta institución, dado que uno puede darse de vez en cuando algún paseo y atender las necesidades de los clientes necesitados de heroína auténtica, no los fármacos repugnantes que administran en este establecimiento. – Carlos escupió en una esquina.-  El comercio exterior tampoco resultaba malo, pero lo que no sabía es que ese cabrón grababa desde su puesto de vigilancia mis visitas nocturnas  para tenerme cogido por los huevos.

-         Y tú, a cambio, le hacías de alcahueta, ¿Verdad?. ¡Eres repugnante! –dijo Carmen agachándo la cabeza y escupiéndo  ella también al suelo en un gesto de desprecio.

-         Veo que nos entendemos, detective – prosiguió  Carlos tras una maléfica sonrisa. - como antes he dicho, todo en esta vida tiene un precio, y de algún modo tenía que pagar a ese cabrón. De modo que, regularmente, me agenciaba de jovencitos que se encontraban demasiado drogados como para enterarse apenas de lo que estaba sucediendo. A cambio de sus servicios, les suministraba opiáceos que me agenciaba del botiquín. Y de este modo, todos contentos..

-         ¿Y qué ocurrió con el fugado? – preguntó Carmen.

-         El tipo tenía un cierto magnetismo animal que, desde un principio atrajo a Galindez. Solo que el chaval pasaba de este tipo de rollos, por lo que me resultó más dificil camelarlo. El pobre está como una cabra. Piensa que es una especie de hombre lobo, y no tuve más remedio que seguirle la corriente para llevarle a mi terreno. De modo que anoche le suministré un somnífero y, una vez que éste le hizo efecto, lo llevé a hombros hasta la garita de control en donde le esperaba Galindez para darse un festín.

-         ¿Y queres hacerme creer que lo desnudaste en su celda y se lo llevaste en pelotas a Galindez? – contestó riendo la detective.

-         No exactamente. Fue el propio Galindez, ya en la garita,  quien se encargó del trabajo. Le encanta hacerlo. Solo que el tipo era sonámbulo, y cuando el celador le tenía ya mirando hacia la meca y se la iba a hincar, de repente  el chaval le golpeó y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

-         ¿Pero cómo consiguió salir al exterior del hospital estando sonámbulo?

Carlos miró nuévamente de modo lascivo a la detective. Se sentó en el jergón y, detrás de la almohada, extrajo una cinta de vídeo, mostrándosela a Botta.

-         Como he dicho antes, mi bella señora, todo en este mundo tiene un precio. Si quiere conocer el final de la historia, tendrá que darme sus zapatos a cambio.

-         Cabo. –Dijo Botta. – Quítele la cinta.

El policía  se acercó al recluso, pero este agarró la cinta y extrajo de ella una pequeña porción. El  cabo Perez  se detuvo.

-         Vamos, detective. – Dijo Carlos en tono burlón.- ¿No querrá  arruinar una prueba?. ¿Qué dirían sus jefes?.

-         Escúchame bien, Carlos –dijo la Teniente.- Se bien que quieres vengarte de ese cerdo del celador por haber tramitado tu traslado. Yo no tengo nada en contra tuya. De modo que, si me das la cinta, te prometo...

Carlos siguió tirando del contenido de la cinta mientras miraba desafiante a la policía.

-         ¿Quieres parar de una vez, maldito chiflado?. Si realmente tienes alguna prueba, a parte de la sarta de mentiras que te hemos escuchado, más vale que me la dés. De otro modo, nadie te va a creer. ¡Y date por jodido!.

El recluso se quedó pensativo. De repente comprendió que la situación no estaba como para tirarse faroles y decidió efectuar una concesión.


-         Está bien – Dijo Carlos. - Aquí tiene la cinta. Pero si después de verla quiere mi testimonio, y conocer el resto de la historia, tendrá que darme lo que le he pedido.
-          

En la sala de audiovisuales encontraron un viejo vídeo que los doctores usaban para adormecer a los pacientes con interminables sesiones de culebrones. Al pase de la cinta se apuntaron una pareja más de policías, además del cabo Perez, la detective Botta y el Alcaide en persona

La cinta resultó ser la grabación de las cámaras de vigilancia del hospital. Cada imagen registrada se reproducía en una pequeña subpantalla, de modo que se podía observar simultáneamente todo lo que cada cámara grababa individualmente. Era muy aburrida, por lo que optaron por emplear el avance rápido del mismo hasta que, en un momento dado, pudo verse a alguien corriendo desnudo por una galería .  En aquel momento, restablecieron la velocidad de reproducción normal.

Un guardia perseguía por los pasillos al hombre desnudo. Parecía querer ocultar su identidad con la mano pero, en realidad, frenaba la hemorragia de una pequeña herida en la frente. En un momento dado, el vigilante dobló una esquina y todos reconocieron de inmediato el rostro del celador Galindez.

El celador trató de aprehender al fugado, pero éste se defendía con fiereza, deshaciéndose de él continuamente. La escena se repitió de cámara en cámara, pasillo tras pasillo.

El hombre desnudo llegó corriendo hasta la puerta misma del hospital, que se encontraba cerrada, y comenzó a zarandearla con furia, asido a los barrotes. Al no poder salir, comenzó a gritar como un poseso. Sus gritos parecieron llamar la atención de otro guardia que apareció en la pantalla, avanzando con lentitud hacia la zona de la que provenían los gritos.

En aquel momento, el rostro del celador se volvió descompuesto hacia la cámara que le enfocaba  y se acercó hacia la misma hasta tocarla.. Había escuchado las voces de alerta que se acercaban al lugar y,  presa de gran nerviosismo, gesticulaba histriónicamente al que se encontraba en aquel momento en la cabina de control indicándole que hiciera álgo.

Unos segundos después, la puerta de la calle se abrió y el recluso salió por ella corriendo desnudo a toda velocidad. Galindez quedó paralizado, llenando el objetivo con su grueso y pasmado rostro, esferizado por la lente.

Tras la fuga, el segundo guarda llegó al punto donde se encontraba el celador y le preguntó algo. El celador le respondió unas palabras visiblemente malhumorado, llevándose las manos a la herida y ambos abandonaron la galería conversando.


-         ¡ Lo que hay que ver! – exclamó Botta  mientras policías y vigilantes cuchicheaban entre sí emitiendo guturales risas, interrumpidas por un brusco portazo. Después, los vociferantes gritos del Alcaide expeliendo por los pasillos el nombre de “Galindez” llenaron el lugar.

Una hora más tarde, Carlos el Chamán había tomado una ducha y se encontraba esposado y con ropa limpia sentado en la sala de reuniones delánte de un micrófono. La teniente Botta entró en la sala, se descalzó y le deslizó sobre la mesa sus zapatos, calzándose los pies con unas babuchas del hospital.

El recluso metió la nariz en  los zapatos y comenzó a masturbarse a dos manos, con las esposas puestas.

-         ¿Le quitamos los zapatos? – preguntó el cabo Perez

-         No, contestó Botta mirando con incredulidad al recluso. Creo que me compraré un par nuevo.

Transcurrieron unos minutos antes de que Carlos pudiera alcanzar el Climax. Después, la detective le interrogó delicadamente:

-         Bueno, Carlos. Dentro de unos minutos mis compañeros entrarán a tomarte declaración. Pero  tengo curiosidad por conocer el resto de la historia.

Carlos sonrió nuevamente.

 – Realmente, no hay mucho más que contar que no puedan haber supuesto ya. Después de que el muchacho saliera corriendo, Galindez se dedicó a perseguirle por todo el hospital dejándome a mí en el puesto de control. A través de los monitores pude seguir toda la escena. Alberto estuvo a punto de descubrir a Galindez  persiguiendo al muchacho desnudo, por lo que en aquel momento pensé que lo mejor era abrirle la puerta y facilitarle la fuga. De modo que, desde la cabina de control, le abrí la puerta.

-         Y aprovechaste la ocasión para agenciarte la cinta. ¿No es así?

-         Así es. La escondí entre las ropas del muchacho, y después fui a la celda y deposité la ropa en el suelo. Pero Galindez debió de echar la cinta en falta y quiso joderme. El resto ya lo saben.

Tras la breve conversación, entraron en la sala más policías para completar el interrogatorio. En medio del mismo, los altavoces del centro reclamaron a la detective Botta para que se presentase en el Hall.

El muchacho fugado había robado un coche.