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domingo, 17 de enero de 2016

BURROLOGIA





¿Qué puedes esperar del futuro de la enseñanza en una sociedad donde los políticos no dejan de meter la nariz en las aulas?.
-           
-          ¡Yiii Haaa!

El rebuzno resonó en el aula con tal estruendo que hizo oscilar el fino cristal de la ventana hasta el punto de provocar un espasmo de pánico a la paloma que, arrebujada entre las plumas, dormitaba en el alfeizar. Don Eusebio vio al ave alejarse mientras evaluaba mentalmente la calidad del sonido emitido. Sin lugar a dudas, el grito de sus alumnos había sido magnífico, una muestra del poder sonoro de la unanimidad en aras de la concordia prometida. Pese a ello, aquel pulcro maestro no se daba por satisfecho, pues su fino oído de melómano había detectado la ausencia de una voz, por lo que decidió repetir ensayo. Sus temores se acrecentaron al girar el rostro hacia el aula y descubrir a Albertito aguardando en la primera fila con el brazo levantado.

-          ¡Profee... Sócrates se ha callado...!

-          Muy bien, Alberto – masculló Don Eusebio entre dientes, reprimiendo la aversión que los chivatos le habían provocado desde siempre. - A ver, otra vez...

-          ¡¡Yiii Haaa!!


-          ¡Esta vez te he pillado, Sócrates! – exclamó el pedagogo al descubrir la pertinaz mudez del alumno díscolo.- ¿Puede saberse por qué te niegas a unirte a tus compañeros?.

-          Es que no me gusta rebuznar. – respondió el pequeño encogiéndose de hombros.


-          Eso no es excusa Sócrates. En esta vida a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan. Sin ir más lejos, yo antes impartía matemáticas y  ahora, después de la última contrarreforma educativa, he de amoldarme a la nueva política de normalización lingüística. Pero es lo que toca. Debemos hacerlo por el bien de nuestro país y de los mercados. Vamos a repetir, y esta vez quiero oírte.

-          Es que me siento ridículo -  respondió el alumno con un tono de desesperanza.

-          Pues entonces, suspenderás la Burrología –sentenció Don Eusebio en un tono tan serio que terminó por provocar en el alumno un conato de llanto nervioso que a cada momento  incrementaba su timbre.

-          ¡¡Por el amor del cielo, Sócrates. Cállate!!. ¡Que nos van a oír en el ministerio!.

Don Eusebio clavó su mirada en la cámara del aula, integrada en la pantalla de alta definición ubicada en el lugar privilegiado sobre la pizarra que antaño ocuparan retratos y crucifijos. Mahoma, Cristo, Confucio, Shiva y Lucifer se alternaban ordenadamente en la sucesión de imágenes animadas, provocando en Don Eusebio impulsos apremiantes por santiguarse, especialmente cuando aparecía éste último asiendo su tridente entre las llamas. Pero la normativa ministerial relativa al laicismo bastaba para refrenar sus deseos, pues las sanciones se hallaban a la orden del día.  De pronto, la alarma del dispositivo despertó de su letargo, zumbando en la pared como un nido de abejas asesinas, escudriñando la labor docente a través de su roja pupila de Terminator,  luz que merced al nervioso llanto de Sócrates y los murmullos del aula escandalizada, avivaba su fulgor por momentos como un rescoldo del infierno. Finalmente, una reverberación en los altavoces seguida por la voz de la inspectora gubernamental –que, interrumpiendo el desfile de deidades mostraba su rostro en pantalla- terminó por quebrar la fragilidad inmóvil del suceso.



-          Funcionario Nº 7740. Hemos detectado en su puesto de trabajo anomalías ultrasónicas por encima del umbral reglamentario.  Por favor, proceda a exponer el problema.

-          Nada importante, señora supervisora. –respondió Eusebio tratando de mitigar los sudores fríos que en esos momentos le recorrían el cuerpo. - Solo una pequeña dificultad en el cumplimiento de la orden ministerial nº 255 por parte de un alumno. Cosas de críos, pero el ministerio no debe preocuparse por este pequeño suceso anecdótico.

-          Eso lo decidiremos nosotros. – respondió la voz . -  Por favor, exponga al sujeto ante la cámara para proceder a una evaluación de los hechos.

Don Eusebio tomó a Sócrates del brazo y lo arrimó hacia la cámara hasta que la chata nariz del muchacho magnificó su tamaño en el visualizador de la pantalla.

-          Vamos a ver, pequeño.-preguntó la inspectora. - ¿Cuántas son dos y dos?

-          Cuatro, señora.

-          Y si Don Eusebio te dice que dos y dos son tres, ¿qué responderías?

-          Son cuatro.

-          ¡La respuesta del alumno es inaceptable! – exclamó la supervisora con vehemencia.- ¡Refleja la total y absoluta falta de autoridad del funcionario Nº 7740 sobre los ciudadanos cuya educación tiene asignada!. Los mercados rechazarán el producto y el individuo será un marginado social más. Todo por su culpa, funcionario Nº 7740, por su falta de autoridad y liderazgo. Su  ineptitud profesional es evidente y  frente a ella, debemos tomar medidas correctoras,  por lo que será sancionado con una rebaja salarial del quince por ciento. ¿Está de acuerdo?

-          Si señora, gracias.- Respondió Eusebio forzando una sonrisa.- Sin duda, un ejemplo aleccionador a la par que magnánimo por la que he de quedar eternamente agradecido. –Ahora los dientes también le rechinaban. -Señora, siempre a sus pies...

-          Muy bien, estimado alumno, tu país y tu presidente te informan que a partir de las doce de la noche del día de ayer, dos y dos han dejado de ser cuatro para ser tres en el futuro. ¿Te ha quedado suficientemente claro?

Sócrates cuenta con los dedos:

-          Uno, dos, tres y cuatro. Si la señora dice que ahora son tres, eso significa que alguien se ha quedado con  el último. ¿No es cierto, señora?.

-          Noo, querido. Es que los matemáticos griegos desconocían el término “impuesto”. El arte de la suma implica una operación matemática y como en cualquier otra operación, ha de devengarse el impuesto correspondiente, principalmente IVA o el IRPF  Mejor es que ello se aprenda desde el colegio, para evitar desengaños en los salarios futuros, así como corruptelas debidas a economía sumergida.

-          ¿Eso significa que dos y dos son cuatro pero ustedes se llevan uno? – preguntó Sócrates con su tono más ingenuo.

-          No lo pienses tanto, cariño – respondió la funcionaria.- Pensar a tu edad no es nada bueno. Mejor ocúpate de ser feliz y déjanos a nosotros el asunto de los números. Contabilidad creativa al nivel de un imberbe. ¡Hasta ahí podíamos llegar!. Funcionario Nº 7740, detectamos en el alumno un evidente desequilibrio químico que ha de corregirse de modo inmediato. Por tanto, proceda con la medicación. Le recuerdo que como responsable directo de la situación, el coste médico le será  descontado de su próxima nómina.

El rostro de la inspectora se desvaneció en la pantalla dando nuevamente paso a las deidades animadas en la presidencia del aula.  Don Eusebio suspiró aliviado. La intervención ministerial le había costado un pico de su malogrado sueldo, pero podría haber sido peor. El cajón de la medicina se encontraba siempre cerrado y el maestro custodiaba la  llave pendiendo de una cadena junto a su pecho. Eusebio abrió la caja y extrajo dos cápsulas, ofreciendo al alumno una dosis no sin antes efectuar una ingesta. Había que dar ejemplo.   

-          Bueno, Sócrates. Ya has oído a la señora. Tómate éste caramelo.

-          No me gustan esos caramelos.- Gimoteó Sócrates. -Saben a medicina y después de tomarlos no me acuerdo del camino hacia casa

-          Bueno, si estuvieras abonado al servicio de transporte escolar, no tendrías el problema. Mira como yo los tomo y no pasa nada – exclamó resueltamente el pedagogo ignorando a lucifer y Belcebú, riendo juntos en la pantalla de plasma mientras contemplaban su ingesta y el mundo se convertía en un tiovivo que giraba en un remolino a ritmo de citara, más y más deprisa, hasta desempolvar colores olvidados, desconocidos por el hombre.



-          Profee.. yo también quiero caramelo. – exclamó Albertito abandonando su pupitre y acercándose  a la mesa del maestro.

-          ¿Ves?. A Alberto le gustan. Y yo también me voy a tomar otro.

-          Mmmm están muy ricos, ¿Verdad, Alberto?

-          Si, profe. ¿Puedo tomar otro?

-          Está bien.

-          ¿Y por qué teneis los ojos tan grandes?

-          ¡Para mirarte mejooor!

-          Está bién – respondió Sócrates. Tomó un par de caramelos y los engulló entre suspiros. Al fin y al cabo, no podría evitar soñar con aquellos dos individuos observándole desde el pié de la cama con ojos enrojecidos, como si esperaran a que el sueño le venciera para devorarlo. Afortunadamente, los caramelos proporcionaban un dormitar tranquilo sin pesadillas.

Finalmente, la vieja y querida sirena resonó en los pasillos del centro provocando en Don Eusebio una sonrisa de triunfo. A partir de ese instante, sus alumnos eran problema de otro, por lo que volvió sus ojos, llenos de pupila, hacia el aula expectante.

-  Bueno. Asunto resuelto – resolvió Don Eusebio.- Ahora guardad los Ipads y formar la fila rapidito, porque llegáis tarde a la clase de balido.





sábado, 2 de febrero de 2013

LA ENTREVISTA



Rosa esperaba a su hijo en medio de un patio  adoquinado frente al  faraónico edificio de una importante empresa constructora. Había llegado acalorada tras un viaje en metro y diez minutos de paseo, pero ahora comenzaba a tener frío y un desasosiego la forzaba a consultar el reloj cada vez con más frecuencia. Finalmente le  vio acercarse corriendo desde el fondo de la calle. Subió las escaleras  y la besó en la mejilla.
-         Llegas tarde, Manuel.
-         Perdona, mamá. – exclamó el muchacho entre jadeos - Es que a estas horas es casi imposible aparcar.
-         A ver que te mire…- dijo Rosa sonriendo mientras sus manos regordetas retocaban el traje de ejecutivo que aquel día vestía su hijo. - Tienes la corbata torcida. Arréglate ese pelo. Estás muy guapo.
-         ¿Entramos?
Rosa asintió con una sonrisa y juntos cruzaron las puertas giratorias hasta el mostrador donde se hallaba el vigilante. Tras identificarse y atravesar el escaner tomaron el ascensor hasta la tercera planta, en donde una secretaria les aguardaba.
-         Buenos días. – exclamó el joven - Soy Manuel Rodríguez. Vengo a la entrevista de trabajo para el puesto de jefe de obra.
-         Muy bien. – respondió la secretaria mirando a Manuel por encima de las gafas. - ¿Ha traído su curriculum?
-         Si señora. Aquí lo tiene
-         Y yo soy su madre. – añadió Rosa  arrimándose al mostrador.
-         Encantado de conocerla, señora – respondió la secretaria esgrimiendo su sonrisa mas standard. - Por favor, siéntense. Si me disculpan un momento  voy a llevar la documentación al jefe de personal.
La secretaria desapareció tras la mampara de archivadores mientras Rosa y Manuel se acomodaban en unos bancos metálicos junto a la puerta de la sala.
-         ¿No te parece raro que te hayan pedido venir a la entrevista con tu madre?
-         Pues la verdad es que resulta extraño.-respondió Manuel mientras rebuscaba entre las revistas apiladas en la mesita - Pero ya sabes que este tipo de procesos de selección son cada día más complejos.
Al cabo de unos minutos  la secretaria reapareció:
-         Síganme por favor. El Sr. Guzmán les recibirá ahora.
Tras un laberinto de mesas y pasillos llegaron a un amplio despacho donde aguardaba un hombre de mediana edad en un despacho con carpetas amontonadas en las esquinas.
-         Buenos dias. -  Por favor, tomen asiento.
Rosa y Manuel se sentaron frente a la mesa mientras el Sr. Guzmán se concentraba en la lectura de unos documentos.
-         Bueno, veo que en cuanto a la formación académica es Vd. Titulado por la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de Madrid con un doctorado. Idiomas Inglés y Francés. Carnet de conducir y disponibilidad para viajar. Con experiencia en edificaciones y obras.
-         Así es.- respondió Manuel - Y como podrá ver en mi currículum  también tengo un Master  de postgrado en  ingeniería civil y dirección de empresas.
-         Sus características encajan con el perfil que estamos buscando para el puesto. Pero todavía es necesaria una última prueba para completar el expediente. Para ello, debido a la delicada naturaleza de dicha prueba y por recomendación directa de nuestro servicio jurídico, le ruego firme este impreso con su consentimiento así como un acuerdo de confidencialidad en el que se compromete a no divulgar por ningún medio las características de nuestro proceso de selección.
-         Claro. – dijo Manuel dibujando sobre el papel  un garabato sin apenas leerlo.  Lo que sea necesario. Estoy a su disposición.
-         Usted también debe firmar,  señora.
-         Aquí, Mama... Detrás de la línea de puntos.
-         Bien – masculló Guzmán mientras colocaba el documento firmado a buen recaudo en el fondo de una carpeta. - Como sabe el puesto requiere un carácter decidido para tratar con los proveedores, los cuales deberán aceptar necesariamente las condiciones incluidas en sus contratos de obra  tanto en lo referente a las cláusulas de penalización como a la dilatada forma de pago que nuestra empresa tiene por norma. Por otra parte, el  jefe de  obra que buscamos debe ser capaz de lidiar con los empleados y sus reivindicaciones.  Todo ello dentro del actual marco socioeconómico de austeridad presupuestaria que en ocasiones puede requerir medidas adicionales destinadas a prorrogar facturas o actuaciones enérgicas por encima de consideraciones personales o afectivas. ¿me sigue Vd?.
-          Por supuesto. – asintió Manuel - Estoy completamente de acuerdo con sus requisiciones y creo asegurarle que yo soy el candidato adecuado para el trabajo.
-         Bueno. Eso vamos a comprobarlo ahora mismo – respondió Guzmán clavando los codos sobre la mesa del despacho. La siguiente prueba tiene por objeto comprobar su firmeza de carácter. ¿Está preparado?
Manuel asintió mientras miraba a Guzmán con fijeza.
-         Quiero que mire a su madre a la cara y que la insulte.
-         ¿Cómo dice..? – exclamó  Manuel en medio de una risa nerviosa
-          Ya me ha oído – respondió Guzmán con semblante serio.
Manuel, sonriente, se giro hacia su madre y gritó levemente:
-         ¡Tonta!. ¡Fea!. ¡Gorda!……..
Guzmán, visiblemente decepcionado, movió la cabeza en gesto de desaprobación.
-         Me temo que no encaja Vd. Con el perfil que estamos buscando.
-         No espere. – dijo Manuel tragando saliva mientras concentraba la mirada en el rostro de la sorprendida Rosa. - ¡Madre. Siempre has sido una inculta, una paleta de pueblo que jamás ha conseguido de pasar de chacha en su propia casa. Te ha pisado tu marido, te pone los cuernos descaradamente y tu tragas sin soltar una palabra. Nosotros, tus hijos, te despreciamos. Las vecinas se ríen de ti  cuando pasas.
Rosa miró a su hijo con incredulidad.
-         Todavía no estoy convencido. – dijo Guzmán  juntando las manos mientras contemplaba desde detrás de su mesa  la improvisada escena - Quiero más pasión. Temperamento. Determinación.
-         ¡Vacaburra! ¡Puta miserable!. –dijo Manuel mientras cogía a Rosa de los pelos y la arrojaba al suelo de un tirón  - ¡Me das ascooo……!
Cuando Manuel comenzaba a pegar a su madre puntapiés en el estómago, Guzmán le tomó del brazo mientras con la otra mano ayudaba a rosa a levantarse del suelo.
-          Enhorabuena  joven. Es suficiente. El puesto es suyo. Puede comenzar el próximo lunes. Encantado de conocerla, Señora. ¿Quiere Vd. Un pañuelo?.
Mientras buscaban la salida a través del laberinto de pasillos de la tercera planta, Rosa, con la permanente totalmente desgreñada y la pintura de ojos arrastrada por las lágrimas no paraba de sollozar. Finalmente, al abrigo del hilo musical del ascensor, Manuel esbozó una disculpa:
-         ¿Estás bien, mamá?. Vale. No llores ya pasó todo. Te agradezco que me hayas ayudado. Ya sabes lo difícil que está hoy en día encontrar un trabajo.
Permanecieron en silencio hasta alcanzar la salida, en donde el frío aire de la calle pareció devolverles la cordura perdida. Y mientras Manuel abandonada a la magullada Rosa en medio del patio adoquinado tras propinarla como Judas un beso en la mejilla sin acercarla siquiera a las inmediaciones de la boca del metro, la mujer se preguntaba como era posible que ella, una dama honrada y piadosa, amante de Dios y que nunca faltaba a misa un solo domingo, hubiera parido a semejante hijo....

domingo, 27 de enero de 2013

CUANDO LAS ESFERAS DEJEN DE BAILAR



Doce de la noche del solsticio de diciembre de 2012.  Después de milenios el sol se alineó con el centro de la vía láctea, haciendo coincidir todas las coordenadas del reloj astronómico en aquella ciudad de calzadas de piedra y torres encantadas que el paso de los siglos había transformado en lugar de reclamo turístico. La hora del fin del mundo había llegado y cientos de paseantes aguardaban con sus videocámaras a que las puertas de madera del viejo carillón se abrieran entre campanas y del oscuro hueco surgiera la figura tenebrosa de un fraile de rostro ensombrecido y manos huesudas, sosteniendo quizás una guadaña. Pero no ocurrió nada de ello. En su lugar, la misma escena de marionetas apostólicas desfilando como modelos de pasarela por las ventanas del carillón fue llevado a cabo bajo los auspicios de la luna antes de que el gallo dorado diese por terminado con su algarabía el anuncio de la hora perdida que cerraba el día.

El viejo Jolro, el relojero que desde hacía años habitaba en la torre abrió los portones y con gesto de incredulidad salió a contemplar los cielos. Las luces de neón y la contaminación impedían la visión del firmamento nocturno. No podía creer lo que sus sentidos le decían. El fin del mundo no había llegado y aún peor: el reloj no lo había anunciado. Su trabajo de décadas como conservador de aquel magnífico reloj del siglo XV había resultado finalmente un fracaso. Había engrasado minuciosamente cada eje, cojinete o engranaje del mecanismo, sustituyendo con pulcritud ejemplar cualquier elemento en mal estado Y sin embargo, de nada habían servido sus esfuerzos. La última campanada, la más importante, aquella que habría de distinguir a su reloj de los demás relojes del mundo, no había sonado. La decimotercera figura de madera del reloj, condenada a esperar por siglos la concreción de una algoritmo matemático imposible, aguardaba en un rincón con su guadaña cubierta de polvo. Tal vez el misterioso resorte que lo activaba se había averiado.

 Jolro Se arrodilló y comenzó a llorar en mitad de la plaza bajo la tenue luz de una farola. Los cielos se apiadaron de él y comenzó a  llover. Jesús  el barrendero,  que paseaba con el carro de limpieza terminando su ronda, se acercó al viejo relojero, lo cubrió con una bolsa de basura y lo llevó a la taberna.

-         Vamos adentro, abuelo, que va a coger usted frío.

  Ambos ocuparon una mesa junto al radiador del establecimiento donde pidieron un reconstituyente.

-         No es posible – sollozó Jolro mientras la camarera servía dos vasos y una botella de vodka. - Las profecías mayas, los egipcios, Nostradamus, Tritemio. ¿Cómo puede ser que semejante perversión del destino me tenga que tocar precisamente a mi?

-         Muy sencillo. – argumentó Jesús con vehemencia tras engullir de un trago el vaso de vodka. -  Nos encontramos ahora mismo viviendo en lo que se denomina una ucronía de la creación. Una ficción del libro de la vida en el que el mundo no ha llegado a su fin. Nosotros estamos aquí bebiendo un trago mientras en realidad el mundo ya se terminó en una dimensión paralela que afortunadamente para nosotros no es ésta.

-         Pero el mecanismo tenía que haber funcionado. El alineamiento del cuadrante astronómico con la esfera babilónica del reloj, coincidiendo con el baktun número trece profetizado por los mayas, debería haber hecho saltar el mecanismo que hace sonar la decimotercera campanada...

-         Pues hombre... Ahora mismo en Babilonia deben ser las dos de la mañana – respondió Jesús sirviéndose otro vaso. – Pero creo que los mayas esos vivían en México, por lo que todavía nos deben de quedar unas seis horas para la medianoche de allí. Igual todavía se puede intentar la campanada, aunque sea a la hora de México.

-         ¿A qué esperamos entonces? – exclamó el relojero apurando el vaso de un trajo y levantándose de la silla de un brinco con la mirada enardecida – Vamos. Tenemos una misión que cumplir para la historia.

Jorlo cruzó la plaza seguido con desgana por Jesús, cuyo único deseo a esas horas de la madrugada era que el fin del mundo le pillara en su confortable lecho en medio del más feliz de los sueños. Pero el ánimo de su amigo, propulsado por media botella de vodka como combustible, no admitía una negativa por respuesta. Al llegar a la torre, traspasaron su umbral y ascendieron a través de la angosta escalera de piedra que conducía al mecanismo del reloj.

-         Pues creo que la avería va a estar aquí – afirmó con semblante serio Jesús mientras Jorlo terminaba de encender las luces.

-         ¿Pero qué diablos? – masculló el relojero al contemplar un brazo humano atrapado entre los dientes de acero de uno de los engranajes.

El dueño de aquel brazo sesgado que impedía el funcionamiento del mecanismo no era otro que Don Jerónimo, el párroco de la iglesia. Permanecía allí tirado, desangrándose junto a la maquinaria del reloj en medio de un gran charco de sangre. Al ver a Jorlo, balbuceó unas palabras.

-          El fin del mundo nunca llegará mientras nosotros, los Illuminati, caminemos sobre la faz de este planeta. El maldito reloj no lo anunciará. Ya lo hicimos hace siglos, cuando las profecías de Zoroastro llegaron a su término y lo volveremos a hacer las veces que sea necesario...

-       No mientras yo esté aquí para impedirlo - respondió el relojero con el rostro enrojecido por la ira.

Y sin mas palabra, mientras Don Jerónimo se desangraba en el suelo y Jesús se afanaba en practicar al cura un torniquete en el brazo, Jorlo cortó el contrapeso que mantenía el reloj en funcionamiento, arrolló la cuerda en el tambor de accionamiento en sentido contrario y anudándose el extremo de la cuerda al cuello se arrojó por el hueco de la torre. Con el lastre de su cuerpo, el reloj comenzó a funcionar en sentido contrario, hacia atrás en el tiempo, hasta que el brazo de Don Jerónimo fue expulsado de los engranajes, liberando el resorte de la decimotercera campanada.

El esqueleto  abandonó su letargo de siglos y se asomó a la ventana del carillón ejecutando una danza macabra, mientras a las cuatro de la mañana, con la plaza del reloj desierta, un borracho como único testigo vomitaba al pié de una farola.

-         El fin del mundo... – musitó Don Jerónimo con su último aliento al escuchar la decimotercera campanada.

-         Sí amigo  – dijo Jesús entre lágrimas. - A todos nos llega el fin del mundo. Pero de uno en uno. El dios que nos creó y nos espera el día del juicio final no es un chapucero como nosotros que deja todo colgando hasta el último momento. 

Y mientras las sirenas de la policía, alertada por una llamada anónima, resonaban entre las calles mojadas de la ciudad vieja, Jesús marchaba hacia su casa contemplando a la luna asomar entre las nubes mientras en su mente se acumulaban los pensamientos.

Somos apenas un átomo brotando y desintegrándose sobre el moho que cubre una de las millones de esferas de un infinito reloj llamado universo, un resplandor a veces testigo de su entrechocar copulativo. No podemos ni soñar con la mano que juega con ellas pero sí escuchar la música que las mece. El reloj no para. Continúa su tictac incesante que solo terminará cuando las esferas dejen de bailar.


sábado, 22 de diciembre de 2012

LOS AMANTES DORMIDOS









Ella era una bruja.. Sus ojos eran negros y hechiceros, enlutados de tristeza, brillantes como una bola de noche y aguacero. Pozos de luna en cuyo fondo manaban destellos del alma. Vivía lejos, en el bosque. Olía a humo y a selva y sus rodillas estaban tiznadas del hollín de la hoguera en que moraba, pero su piel era blanca como la nieve. El viento hacía de su larga melena morena una constante diversión, agitándola como la mar en un lenguaje de ondas que subyugaba a todo aquel que la miraba, que parecía decir “ven. No importa”. Las mujeres del pueblo la odiaban a muerte, porque hasta el último hombre del lugar  ansiaba poseerla.

Yo también la amaba. Suspiraba desde mi pedestal mientras cada noche ella rondaba junto a mí en el parque, para vender su cuerpo por unas monedas, pero la estatua que contenía mi alma permanecía impasible, muda, oculta tras una gruesa capa de heces de paloma mientras el alma quería gritar encerrada tras el frío mármol que era mi sepultura.

A veces, en las noches de luna nueva, cuando el mundo duerme y la realidad de la luz se quiebra, ella percibía algo en mí. Una presencia quizás. Entonces detenía su paseo y  sonreía mirándome. Después comenzó a traerme flores, a hablarme y en ocasiones a inundar de lágrimas mi pedestal, buscando en mi pecho de piedra un refugio contra el mal que la hería el alma. Entonces yo podía oír a los lobos del deseo aullar en su interior, gimiendo y lamentándose porque ya no había luna para ellos.

Aquella noche la luna brillaba como una corona de luz blanca y trémula bajo la penumbra de la sombra de la tierra. Noche de eclipse. Sus ojos, con las pupilas dilatadas como soles negros, copiaban con destellos de otros mundos el reverberar de las aguas del estanque. El Habta, el hongo mágico de los bosques, veía a través de ella un mundo hecho de fuego y espejismos que se agitaba como un remolino avivado por poderosas corrientes que nacían y morían en la propia alma. Las puertas de la magia habían sido abiertas y a través de ellas cabalgaba la locura, entresacando entre los profundos umbrales del tiempo su contacto con los secretos de la creación. La niebla, exhalada por el aliento de un dragón, hizo su presencia apagando el mundo. Lo oculto era visible, como en un teatro de tramoyas en el que por un instante se adivinara la mano sutil que mueve cada cosa.

La hable, tras de la roca, con lejanas palabras de amor. Tan intangibles como una ficción, pero ella me escuchó, pues esa noche el mundo de lo oculto se había abierto a su conciencia. Se sintió desnuda. Lo estaba. Me miró como quien mira a un sueño y sentí que mis músculos se tensaban y mis piernas se alzaban rompiendo las pétreas raíces que me amarraban al suelo. Caminé hasta ella y la tomé en brazos, desapareciendo entre los árboles.

Abrazados en la espesura, unidos por la intensa cópula, miramos al cielo. El eclipse finalizaba. La piedra se había vuelto carne y mi corazón latía de amor por ella. Entonces la miré a sus ojos y vi en ellos reflejados los míos. Contaminados por la mirada pérfida de Medusa. El vestigio de aquella tarde aciaga en la que me convertí en estatua de piedra al atreverme a mirar el rostro de la Gorgona aún asaltaba mis recuerdos. Ella se asustó. Vio en mi mirada el halo de la maldición  sostenida por la luna cuyo fulgor ahora retornaba con fuerza tras el paso de la sombra de la tierra sobre la blanca esfera. Quiso zafarse, pero fue demasiado tarde. Mis manos se tornaron de piedra y sus brazos quedaron atrapados entra mis puños fríos y yermos. El mármol se abrió paso congelando su cuerpo junto al mío. La carne sintió el dolor, el frío punzante y se apagó de nuevo.

Los vigilantes del parque descubrieron al alba el robo de la estatua. Una nueva obra, con dos amantes en lucha ocupa hoy su lugar.



PYROS






Escribo este relato como un ejercicio de reflexión personal, para tratar de comprender desde la observación por qué estamos perdiendo con los incendios nuestros amados bosques. Desgraciadamente, no puedo evitar añadir algúna que otra invención producto de una imaginación calenturienta para relatar la historia..

Desde que Pyros le miró con sus ojos azules y amarillos, escrutándole entre la profundidad de las llamas de una hoguera siendo aún un niño, Marcos no había dejado de padecer una extraña fascinación por el fuego. Solo él parecía verlo, sentir su respiración animal, los latidos del calor reflejados en su rostro, su cuerpo de serpiente luminosa retorciéndose entre los leños rojizos y gimiendo tras el crepitar de las llamas. Una magia antigua se mostraba ante él. Un poder de la naturaleza invocado por el hombre desde el principio de los tiempos puesto al  alcance de su deleite. Cuando Pyros aparecía, algo en su interior se abría y relajaba. Un cálido bienestar le invadía y los problemas o frustraciones que le atormentaban parecían consumirse barridos por una llamarada de placer atravesando cuerpo y mente. Nada era comparable con ver a Pyros entre una nube fulgurante sobre las copas de los árboles y el sabor a adrenalina en la garganta mientras él y los otros brigadistas intentaban frenar en vano el avance del poderoso dragón arrebatado al infierno.


Marcos había aceptado aquel trabajo en el reten, con bajo salario y largas esperas en la base, para estar cerca del fuego. Su fervor laboral constituía un ejemplo de vocación desde muy temprana edad que siempre  había acompañado con abundante simbología: cochecitos de bombero, cascos, escudos con el fuego como emblema e incluso un tatuaje que parecía arder en su espalda.  Durante años se había ganado un merecido prestigio entre sus compañeros por la habilidad demostrada al diagnosticar el devenir de los incendios, pero un buen día llegó la crisis y alguien en algún lugar decidió desde un despacho que los servicios de la brigada no eran por mas tiempo necesarios.

  La crisis se llevó al retén por delante. La brigada de incendios del pueblo fue disuelta y Marcos hubo de recoger los enseres de la base abandonado para regresar a casa de los padres, engrosando la lista de parados y aguantando con resignación los incesantes gritos de la mujer tildándolo continuamente de inútil por su apatía y falta de determinación a la hora de encontrar un nuevo trabajo.

Tampoco a Andrés, hermano de Marcos, le iba mejor el asunto. Sus servicios como guarda forestal fueron rescindidos y al igual que Marcos, optó por regresar junto a los padres, que con unas cuantas vacas y una pequeña finca al menos disponían de alimento. Desde que el estado se hizo cargo del mantenimiento de los bosques, sustituyendo los antiguos trabajos que el pueblo efectuaba por una contrata, todo había ido a peor. Aún recordaba los ascensos al monte junto a padre a podar  ramas, clarear el arbolado y despejar la floresta en caminos y cortafuegos. A cambio, cada vecino del pueblo disponía de una porción de leña para cocinar en los hogares o guardarse del frío. También los animales podían pastar en la arboleda contribuyendo a que la hierba no se alzase demasiado. En esa época no existían los incendios, pero después todo fue cambiando. Al ocuparse la contrata de la conservación tanto el aprovechamiento de la leña como el pastoreo en los montes fue prohibido.  Los servicios de aquella empresa siempre habían dejado mucho que desear debido a una mayor motivación para obtener beneficios prevaleciendo sobre  la conservación del monte, pero cuando la crisis llegó, la contrata dejó de cobrar en tiempo y forma y como consecuencia, los trabajos de conservación fueron interrumpidos dejando a Andrés sin trabajo. Hacía meses que el bosque estaba sucio y cerrado. Las veredas se hallaban intransitables, cubiertas por un enjambre de ramas secas y los árboles se hacinaban uno contra otro sin  apenas aclarados.

Ese estado de cosas oprimía la mente de Marcos. No solo añoraba a Pyros, quien a veces le visitaba en sus sueños más húmedos. También se sentía frustrado por el desprecio con el que después de tantos años de desempeñar su labor había sido tratado. La leña seca que anegaba los montes era una tentación para su espíritu pirómano. Un caramelo exhibido en un escaparate que le impulsaba en una sola dirección: demostrar que se habían equivocado. Que él y sus compañeros bomberos eran necesarios para la comunidad. Durante meses, planes incendiarios repasando cualquier pormenor habían turbado su descanso. Planes que callaba con prudencia aguardando el momento propicio para su venganza. Ya se vería si Marcos Montes era o no necesario.   

 De pronto, algo se rompió en su interior. Marcos supo que había llegado el día. La sequía del verano se había mostrado pertinaz y el viento solano soplaba sobre la arboleda acariciando las copas de los árboles, como al animal le gustaba. Lo liberaría en el valle, al pie de la montaña. Las cunetas estaban sucias y acumulaban el desbrozado seco de varios años. Agarró el coche y las pastillas de encender la chimenea. Bastaría arrojar unas pocas por la ventana.

Al bajar por la montaña no cesaba de mirar hacia atrás. Quería ver al fuego despertando a su letargo y trepar hasta las copas de los árboles, pero desde el volante del vehículo no conseguía discernir salvo unos penachos de humo. Por otra parte, no era prudente andar exhibiéndose por el monte bajo tales circunstancias. Lo mas acertado sería  recogerse y contemplar desde casa el resplandor lejano en compañía de algún vecino.

Su hermano Andrés llegó al atardecer, corriendo a casa con los ojos desencajados y la palabra “fuego” prendida en los labios. El incendio había coronado la loma del monte y ahora, impulsado por el viento, bajaba torpemente por la ladera hacia el valle. Uno de los brazos había alcanzado al corral donde se hallaban los animales y padre ya corría monte arriba para abrir la empalizada cubierta de llamas. Al hacerlo, se quemó las manos, pero consiguió que el ganado pudiera huir en estampida. Otra de las lenguas avanzaba prendida entre los matorrales secos hacia la casa. Andrés y Marcos engancharon el arado de discos al tractor de padre y Andrés echó a andar a velocidad de vértigo, arrancando un surco de tierra en el corazón del prado. El humo le cegaba y conducía a ciegas. La máquina se encabritaba con peligrosos bamboleos cuando alguno de los peñascos del roquedal se cruzaba en el camino.  La casa se quemaría si aquella línea de tierra que el arado había trazado era traspasada por cualquier pavesa arrastrada por el viento.

Marcos apareció en la entrada del garaje montado en la vieja moto que había guardada en el cobertizo. Se había tomado su tiempo para vestirse para la ocasión. Llevaba puesto el mono ignífugo del cuartel, fabricado de una pieza y engarzado con costuras de hilo Nomex, botas de media caña con suelo aislante, gruesos guantes de cuero, mascarilla y sobre la cabeza su antiguo casco de bombero. Había cogido una bolsa de deportes que llevaba colgada al hombro y también una cadena que arrollaba en la cintura. Sin mediar palabra, arrancó la moto y a toda velocidad se dirigió a una de las lenguas, con la bolsa de deportes rodando arrastrada por el suelo tras el vehículo y asida por la cadena. La moto atravesó el terreno en llamas y la bolsa de deportes salió ardiendo de la zona como una tea.  Alcanzó la vaguada que había a pie de monte entra las dos lenguas y la atravesó sin contemplaciones, incendiándola a su paso. Una línea de fuego a unos metros del cortafuegos de Andrés brotó entre los matojos. La bolsa de deportes era como una antorcha que prendía sin piedad. Al verlo, padre pensó en dispararle con la escopeta para librarle definitivamente de su locura, pero con las manos quemadas sería difícil que acertara.  Al alcanzar la segunda lengua, viró con la moto y se detuvo en medio del prado. Entonces, ocurrió el milagro. El frente de llamas que Marcos había sembrado entre las dos lenguas de fuego rebotó débilmente en el surco arado por Andrés y comenzó a trepar montaña arriba formando un contrafuego. Con el nuevo incendio, el viento cambió de dirección, arrastrando la humareda hacia la cima del cerro.

Marcos contempló embelesado el combate entre las dos bestias. Sus pupilas dilatadas escudriñaron las entrañas de los dos colosos enfrentándose a campo abierto. Sus semblante vibraba de placer y de sus labios entreabiertos surgían susurros de asombro. Cuando regresó del estado de trance, encontró a su hermano mirándole con furia.

-         ¡Fuiste tu!. ¿Cómo pudiste?....

Andrés agarró a su hermano del cuello, apretando hasta que el dolor que sentía en el alma le hizo doblar el espinazo y caer de rodillas. Su amado bosque se había calcinado. Con él, media vida había partido. Sus recuerdos de niñez, sus  amistades, su primer amor entre los pinos, sensaciones, olores, sabores .... perdidos en la ceniza.

Llegó el otoño y con él las celebraciones. El ministro en persona iba a asistir a las condecoraciones de los dos héroes que con su valor y esfuerzo habían salvado desinteresadamente al pueblo de las llamas. Aunque, por supuesto, no iban a ser readmitidos, ya que con el monte calcinado como estaba, en el futuro no serían necesarios nuevos retenes. El ministro recordó las palabras de un reciente presidente de EEUU y sonrió: ¡La pasta que iban a ahorrarse en  la conservación del maldito bosque!. Pero lo mejor estaba por venir. Con el nuevo cambio en la ley, que ahora permitía de nuevo construir en zonas incendiadas, quedaba abierto el camino de futuras recalificaciones.

Tras las condecoraciones, el ministro pronunció su discurso. Y mientras Andrés miraba a su hermano con odio creciente, Miguel no podía evitar sonreír cuando escuchaba en boca del ministro la respuesta de siempre. La única que parece saben dar para cualquier problema: Endurecer las sanciones.




sábado, 1 de diciembre de 2012

LA MUERTE NO ES EL FINAL



- “Señor Peláez. Sabemos que está allí. Abra la puerta”.

Los golpes de la policía sobre puerta del piso resuenan en mi cabeza. Después, una pausa entre murmullos presagia el fatal desenlace. Los ojos de los vecinos se asoman tras las mirillas en la penumbra de la escalera y sus oídos, con el fonendoscopio pegado al delgado tabique, auscultan la situación con el corazón tan en vilo como cuando en la televisión emiten Gran Hermano. Otro desahucio en medio de la gran crisis. ¿Quién será el siguiente?. Nunca pensé que ese podría ser yo. Toda la vida trabajando para verme al final en esta situación.  Después de haber pagado quince años de los veinte de la hipoteca del piso, me echarán a la calle como a un perro. El piso lo venderán por una miseria a un subastero  gordo que fuma un puro, lleva una camiseta de tirantes sudada y  una cadena de oro anudada al cuello y yo lo veré desde la calle mientras se aleja en su Ferrari a toda prisa. Pero allí no acaba la historia.  La subasta no cubrirá mi deuda y todavía deberé dinero al banco. Serán los dueños de mi vida. Siempre lo fueron, pero al menos antes tenía un techo que creía mío. Me convertiré en un esclavo del mundo moderno, en un proscrito  condenado a vagar por las calles con el salario embargado de por vida.

 El silencio se ha roto.  Los chirridos de la cerradura, forzada con desdén por el cerrajero,  emiten una sinfonía dodecafónica que produce dentera. Es hora de acabar con todo. La gasolina que robé anoche ya cubre el suelo de parquet del salón. Me preocupo por dejar todo bien empapado: cada mueble, cada mesa, cada alfombra… Finalmente, enciendo un cigarrillo con mi pequeño zippo mientras la cacofonía del cerrajero deja de sonar y la puerta de la calle se abre.

-         ¡Malditos cabrones! ¡Sólo tendréis las cenizas de mi vida!.

Una barrera de llamas me aísla del retén de policía, del cerrajero de mono azul, del  señor de gafas con carpeta en la mano, de la portera que simula barrer la escalera y de los vecinos estirando los cuellos como serpientes a través de las puertas entreabiertas de sus pisos. Al contemplarlos  me viene a la mente la idea de que el infierno está tras esas llamas y yo debo acabar.

Miro hacia atrás y por un instante una alucinación se apodera de mí: me veo ascendiendo en medio de una nube de cristales desde el patio hasta cruzar el ventanal de la terraza. Una fría ráfaga de viento me atraviesa como un escalofrío . Los cristales fragmentados que  ascendieron junto a mí  van colocándose uno tras otro, en perfecto orden hasta restaurar la transparencia del vidrio. He visto mi futuro. Es hora de emprender el vuelo.

La caída resulta interminable. Por fin llego al suelo. Mi cuerpo se estampa pero el alma rebota. Contemplo desde el aire mis restos destrozados en medio de un charco de sangre mientras el mundo se nubla como si fuera de noche, dejando al descubierto un vórtice luminoso, como una cueva con paredes de luz que me absorbe hacia su interior. Al fondo aguardan dos grandes puertas doradas erguidas sobre nubes de algodón  en medio de un fulgor  azul. Don Eustaquio, el cura de mi pueblo,  hombre encorvado de manos retorcidas como sarmientos, me espera vestido con túnica blanca junto a una de las puertas. Hace ya unos años que abandonó el mundo de los vivos. Todavía recuerdo los capones y tarascadas que me propinaba cuando era niño, pero no le guardo rencor.

-         Lo siento, hijo, pero no puedes pasar.. ¿Es que no te he enseñado nada? Aquí no admitimos a los suicidas. De modo que... Hala. Arreando por donde has venido.


-         Pero Don Eustaquio. No puedo volver. Mi cuerpo está destrozado....
-          
-         Bahbahbah.... ¡Excusas!. Busca otro cuerpo y reencárnate o si no, vete al infierno.


De pronto, el cielo desapareció y nuevamente me encontré en una cueva, sólo que esta vez sus paredes estaban hechas de carne sanguinolenta. Me muevo como un pez en el seno de un líquido amarillento intentando buscar una salida y finalmente hallo una luz al final del túnel. Un doctor con guantes, gorro, mascarilla y bata verde me extrae de la cueva con cierta violencia. El dolor me hace llorar.


Y después... la vida en un instante. Pequeñas instantáneas de mi nueva existencia: Mi primer día en el colegio, mi bicicleta, mi boda, mi divorcio, el baile... Las luces del estroboscopio girando sin piedad frente a mis ojos, encendiéndose y apagándose en un ritmo cadencioso y destellante. Gente bailando en la discoteca  entre  flashes de luz en medio de una sucesión de imágenes que retroceden en el tiempo. Una azul golpea sin descanso mi retina, arrancando de los nervios ópticos una pila de imágenes grabadas en mi memoria mientras el sabor agrio de un cóctel farmacológico, suministrado vía intravenosa, invade mi garganta abriéndose paso hasta el cerebro a través de la carótida.


 Finalmente, las luces se detienen. Me encuentro atado en una especie de silla de dentista, en una habitación de paredes blancas y lisas con un hombrecillo miope  vestido de negro que me mira con fijeza.


-         ¿Señor Peláez?

-         ¿Siii?

-         Permítame que me presente. Soy Gutiérrez, del Banco Financiero de Inversiones. Usted firmó esta hipoteca en su anterior vida. ¿Lo recuerda ahora?. Como podrá comprobar en la cláusula quince, su alma nos pertenece hasta la totalidad del pago del préstamo otorgado más los intereses de aplazamiento, que esperamos poder cobrar en su actual reencarnación. ¿O acaso pensaba que se iba a largar de rositas sin pagar?

sábado, 8 de septiembre de 2012

EL DIA DE LOS OLVIDADOS




Me desperté en el hospital, sudoroso y agitado, cayendo en sueños con un grito de vértigo. Llevaba puesto un camisón verde, abierto por la espalda y un vendaje me envolvía la cabeza. La cama estaba húmeda de orines y sobre mi brazo izquierdo un juego de agujas clavadas en la vena dosificaban suero salino conectadas al gotero de la columna contigua a la cama, donde una máquina impertinente tililaba sin cesar emulando los latidos del corazón. No podía recordar como había llegado hasta allí y apenas alcanzaba a discernir quién era. Tan solo la imagen del limpiaparabrisas de un coche, bailando furioso con la lluvia en una noche de tormenta y una luz cegadora abalanzándose entre una cortina de agua tras una negra curva acudían a mi memoria.
El timbre de llamada a la enfermera parecía no funcionar. Grité varias veces, pero nadie me escuchaba. Me levanté desorientado y dolorido, arrancando los tubos y sondas que me aprisionaban al lecho y fui a tientas al lavabo, donde efectué una micción. Después, paso a paso, abandoné la habitación. El pabellón del hospital se hallaba desierto y los corredores asolados, con papeleras volcadas y sillas arrojadas al suelo. Todo parecía apuntar a una apresurada huida del personal del hospital y sus pobladores.
............................
Ahora he salido a la calle. Respiro una y otra vez el aire de la mañana, inusualmente limpio. Lleno mis pulmones esperando encontrar un virus letal que acabe conmigo, último habitante vivo del planeta, pero no percibo nada. Tan solo el vaho de mi aliento y ganas de fumar un cigarrillo. Estoy descalzo en medio de la calzada y una leve brisa levanta mi camisón agitando las pilosidades del cuerpo desnudo. Me siento como una mezcla de oso Yogui y Marilyn Monroe en medio de la gran urbe. Solo falta que venga un violador y me dé por el culo, aunque al menos me haría compañía. Aquí no hay un alma: Las calle están vacías. El rumor de los coches se ha apagado y los claxons han enmudecido. El incesante ruido de la urbe guarda hoy un inquietante silencio. Mi cuerpo se estremece en una mezcla de terror y frío. Camino sin rumbo, sin saber que hacer ni a donde dirigirme y cada paso me topo con la huella del horror: coches volcados, contenedores ardiendo sobre el asfalto y una nube de papeles rojos que el viento arroja contra mi cara.
 
Por fin, descubro a la policía. Los agentes permanecen juntos, pertrechados al modo militar y con sus porras y escudos preparados. Me dirijo a ellos en busca de auxilio, pero nadie se inmuta por mi presencia. Al llegar al centro de la calle me doy media vuelta y veo a una muchedumbre llegar en masa, con su andar renqueante, los ojos rojizos, las manos agrietadas y la piel del rostro desplomándose sobre la carne. Percibo su hambre. Están famélicos y enfermos. Junto a ellos caminan algunos vestidos de blanco, con batas de médico, sujetando una pancarta reivindicativa. Parece que a los recortes en sanidad se han sumado los de las pensiones. Más me hubiera valido no haber despertado el día de la huelga general.